miércoles, 11 de abril de 2012

Etapa 04 (120) Los Enebrales-Punta Umbría

Etapa 04 (120) 22 de junio de 2008, domingo.
Los Enebrales-Punta Umbría

A pesar de que durante casi toda la noche he tenido que estar con la cabeza metida dentro del saco, la noche ha sido aceptable. Se veían algunas luces en los dos extremos equidistantes, como de campamento con tiendas. Las del oeste, no lo sé, porque no retrocederé hacia allí por la mañana, pero las del este eran dos sombrillas que hacían de quitavientos y pertenecen a una pareja que, cuando paso por delante, hacia las diez de la mañana, ya están despertando. Por zona intermedia de playa, pasará un camión de recogida de basura; en cuanto lo oigo acercarse, ¡ojo avizor! Costó que saliera la luna y lo estaba deseando, para que iluminara bien la zona pero, mientras no ha salido, asomando sólo los ojos del saco, he podido disfrutar de la contemplación del firmamento; la Osa Mayor la tenía a poniente y el final del mango del carro estaba muy próximo a la estrella más próxima a mí. Me he levantado una vez a orinar, poco después de pasar el camión de recogida de basuras y, de mañana, hago un hoyo, cago y lo tapo con arena que cae de la duna ¡comidita para los animalillos del interior de la tierra!

Mañanita playera en Los Enebrales
Llegan de la duna a la orilla dos chicos homosexuales que se besuquean y abrazan a poniente, en el lugar donde empiezan las estacas. Es tal el deseo que se tumban sobre la arena húmeda; como aún no da el sol, y hace frío con el suelo mojado, se bañan, se abrazan y salen. Ahora, los tres solos en la playa, el observador siente cierta envidia sana, ante una escena tan excitante, pero no añora tanto el sexo, como el abrazo. Me doy un baño y me seco al aire. Como hoy no tengo prisa, pues tengo intención de pernoctar en el albergue juvenil de Punta Umbría, y está muy cerca, leo y termino el capítulo de Los Topos, sobre el alcalde de Mijas; sigo leyendo paseando por la playa, mientras se orea el saco. Ya ha salido el sol y se está muy bien en la playa. Estoy disfrutando más que ayer pues, cuando llegué, el sol ya no tenía fuerza. Han llegado otros dos chicos; se han bañado desnudos, han subido a las dunas y, ahora, están en la orilla paseando, comiendo pipas, pero con bañador. A primera hora llegan al extremo este una chica con dos chicos; organizan su espacio, con sombrilla, juegan con el balón, se bañan…; en el momento de marcharme, me han parecido sudamericanos. En la zona contraria, a poniente, se ha instalado una pareja hetero, se han bañado desnudos y siguen tumbados, tomando el sol. Se ven también unos cuantos paseantes de orilla. Recojo mis cosas hacia las diez, salgo en marcha y me pongo a hablar con Raquél, que va por la orilla en dirección a Punta Umbría. No trabaja; está aquí acompañando a su pareja que ha venido por la zona para hacer alguna gestión y ella aprovecha para tomar el sol y bañarse. Raquél es de Huesca y confunde Berdún con otro pueblo. Aunque lo quiero olvidar, tendrá que pasar el tiempo, y le cuento lo negativo y lo positivo de la pérdida de la cartera en Ayamonte. Le he invitado a tomar café, pero cuando llegamos a su coche, para coger el material de playa, no nos viene bien ni a ella ni a mí y queda anulada la invitación. Nos despedimos.

Desayuno y comida en El Portugués
¡Necesito agua! Pero no encuentro fuente pública y prefiero ir hacia el centro para desayunar. Un hombre me dice que lo típico es “manchao y tostada”; “eso está hecho”, le digo, y lo pido en El Portugués (1,80 €). Me pongo a escribir y me ha dado casi la una. Aunque, debido a los mosquitos de la noche, casi estaba decidido a marcharme hacia Huelva; viendo la hora que es, cambio de planes y decido quedarme en el albergue.









Viniendo de la playa, ya he visto por dónde va el camino de bicicletas. Hoy lo he recorrido en el último tramo en dirección contraria a como lo haré mañana. Antes de ir al albergue y regresar a comer a El Portugués, quiero ver la zona de pescadores, iglesia, plaza y, tras comer, iré a buscar el albergue. Llego por la peatonal a la Torre Almenara, del s. XVI, que también llaman Torre Umbría y que está en el entorno de la capilla de la Virgen de Lourdes. Retrocedo hacia el antiguo Ayuntamiento, que es un edificio muy bajito
y llego a la Iglesia del Carmen, construida por Fisac y que está muy cerquita del bar El Portugués, donde como: ½ de coquinas, boquerones y choco, una copa de vino blanco, un tubo y un “manchao”. He puesto a cargar el móvil y se me olvidará recogerlo; tendrá buenas consecuencias. El portugués es el jefe, es de Funchal, pero no conoce Caminha, en la desembocadura del Miño, el último pueblo portugués por el que pasé en 2006 y 2007. La comida me ha costado 17 € y se la he pagado de mil amores.

Una familia de Huelva que vive en un volcán: Vesubio
Salgo de El Portugués hacia el paseo de la ría y me encuentro a tres mujeres que son entre sí: abuela, madre, hija y nieta (una es abuela, dos son madres, dos son hijas y una es nieta; de las dos madres, una es abuela y de las dos hijas, una es nieta) y, con este galimatías, casi olvido decir que van con un perro, que es el que ha sido la escusa para entrar en conversación.

El perro se asoma a la barandilla porque quiere bajar al pequeño espacio de playa que se forma en la ría; en la posición en que está, parece dispuesto a tirarse de arriba y ellas quieren impedir que baje. Es entonces cuando les digo: “dejadle tranquilo, también tiene derecho a suicidarse”. Esa tontería dará lugar a una conversación y a una amistad epistolar que todavía perdura en 2012.



Empezamos a hablar del Miño. La abuela, Mercedes, tuvo que estudiar mucha geografía para poder opositar a Telefónica; le exigían mucho conocimiento de pueblos y ciudades del país. Yo confundo Miño con Ebro en sus lugares de nacimiento y por eso me lío, pero la abuela tenía razón y, ¡cómo no!, se la doy. Mi confusión era entre Fuenmiña (Lugo) y Fontibre (Cantabria). Luego llega el marido de Cinta, de segundas nupcias, y que tienen a la niña en común; Cinta, aunque parece una jovencita, tiene dos hijos mayores, ya independizados. Mercedes les acompaña siempre que puede. Irán a Cantabria en julio y pasarán por Bilbao, donde tienen amigos, así que aunque lo hagan por Irun, pues van después a Zaragoza, a la Feria, yo no estaré hasta la última semana de agosto. Les pido señas para mandarles la foto que les he sacado y Juan Carlos me dará su e-mail.


Yo no quería, pues acababa de tomar uno, pero me invitan a un “manchao” descafeinado; me apetece más que nada por continuar la conversación, aunque ya tengo ganas de saber si hay sitio en el albergue. Dejo leer algún trozo de mi diario a Cinta, y se siente atraída por la sinceridad con que cuento lo que siento; le habría gustado seguir leyendo un rato más. A la niña le enseño los dibujos de Portugal; Matalascañas de mi primer viaje con el Imserso, en enero de este año de 2008; dos de un trozo previo a la Vía de la Plata, del Camino de Santiago, que hice con un grupo de Bilbao, en Semana Santa 2008, también y los pocos que llevo dibujados este verano. Luego los verán Juan Carlos y Mercedes. Cuento anécdotas de mi viaje del año pasado, de la familia de Santa María de Oia que, tras verla dos años seguidos, no sería de extrañar que me los vuelva a encontrar en Almería. Cuento una de las historias que demuestran el alto nivel de confidencialidad de algunos de mis encuentros y que quiero que se conozca el contenido pero, de ninguna manera, que se localice al protagonista. Por esa razón lo conté en la Introducción al primer viaje por el norte. Cinta está encantada y con algo de envidia sana. Estamos sentados en la marina, en la terraza del emblemático bar de La Española. Nos despedimos, pues ellos ya se deben ir hacia Huelva y yo me voy a buscar el móvil a El Portugués. Cuando llego, el chaval que me lo había puesto a cargar, ya ni se acordaba.

El albergue de Punta Umbría
Con orientación de varias personas, consigo llegar al albergue y coincido en la llegada con la catalana Alejandra y nos ponemos de acuerdo en elegir habitación que comparte el mismo baño; cuando entra uno, cierra el pestillo de la puerta del otro y viceversa. Con el DNI y el Carnet de alberguista es suficiente. Pago 19 € por la habitación y 7 € por la cena. Mientras Alejandra se ducha, yo vacío mochilas y meto en la grande toalla, pareo, cuaderno de dibujo y Los Topos pero, como se me olvidan las gafas, no podré hacer nada, ni leer, ni dibujar. Lo peor es que he olvidado también el agua.

Hoy, tarde de domingo, en la zona nudista no hay nadie desnudo
Tras cagar, salgo del albergue por el lado derecho y directo a la playa. Voy caminando por la orilla y me costará unos cincuenta minutos llegar a la zona nudista. He visto a uno desnudo en zona en que todos son textiles; me parece que está provocando y como ya sé dónde está la zona nudista, no tengo necesidad de apoyarme en él para desnudarme por allí, así que he seguido adelante. Cuando llego, todos los que hemos estado desnudos a primera hora de la mañana hemos emigrado. Luego me doy cuenta de que algunos andan por las dunas. Como ya tengo certeza de que Los Enebrales es playa nudista, no me lo pienso dos veces, me desnudo y me doy un baño. Después de secarme al aire paseando por la orilla, me tumbo y tomo el sol y, cuando decido ponerme a hacer algo, me doy cuenta de que he olvidado las gafas; así que ni dibujo, ni lectura. Me acerco a las dunas, por ver si está Santiago o el otro con quien hablé ayer noche, pero no está ninguno. Un chico desnudo está sacando fotos a la picha tiesa de su amigo y tienen merodeadores; como yo en este momento. Me demoraré por las dunas para volver decente a mi sitio y ya no volveré a pasear por la duna; Me doy cuatro cinco baños y hablo con un matrimonio con dos hijos (la chica es mayor que el niño), gracias a que la última ola casi les pilla la ropa. La conversación da poco de sí. Me visto y me voy por la primera pasarela, entre pinos, que enlaza con el camino de bicicletas.

Regreso de Los Enebrales al albergue por interior (vía verde)
Nada más salir, llega una pareja que viene de otra zona de la playa y, como van en la misma dirección, me pego a ellos para ir acompañado. Me confirman que es el camino que llevaré mañana para ir hacia Huelva y que en el sentido en que vamos, me llevará hasta el albergue; ellos se quedarán un poco antes. Por delante van sus hijos en bicicleta, que pararán cada cierto tramo y nos esperarán. La mujer se adelanta un poco y voy hablando con el marido. Observo al pasar un cruce en la vía verde que la mete más hacia el interior y que mañana deberé vigilar para no confundirme. Cuando llegan a su lugar, me despido de ellos y continúo hacia el albergue. Esta será la tercera vez que hago el recorrido Los Enebrales-Punta Umbría, aunque las dos primeras lo hice casi todo por la playa; mañana haré la cuarta.

Cena con los gaditanos
Llego, bebo agua, “visca  catalunya”, digo a Alejandra, lavo las tres prendas que llevo puestas, me ducho con agua fría y pongo a secar lo lavado y la toalla azul (casi de papel) frente a la cocina; mientras ella destiende cintas y otras ropas ya secas. Mientras esperamos a que abran el comedor, he hablado con Paz y Andrés, un hombre de la casa, que hace de alberguista por la zona de Tarifa; tienen dos niños pequeños. Entramos a cenar. Cuando estoy cogiendo mantel de papel y cubiertos para ponerme en la primera mesa, Paz me invita a sentarme con ellos y yo acepto. Los niños sólo están atentos a la cena; el mayor, Andrés, es pelirrojo y Vicente, rubito; es un gozo verles comer tan formales sus espaguetis con tomate y queso. Yo me preparo una ensalada de arroz, remolacha, lechuga, pimiento, cebolla y aceitunas; luego una rica sopa, y me hago un combinado de tortilla francesa, patata frita, tomate y pisto de verduras. Y de postre: Golden y arroz con leche. Ceno con agua. Si no he entendido mal, Andrés está de encargado del albergue de Algeciras (Cuando pase por Tarifa, Paz me dirá que está en Pelayo, donde yo no quería ir pero el camino me empujó) y Paz, en información de Tarifa. Andrés se ha llevado a los niños, para acostarlos, y Paz se ha quedado conmigo de sobremesa para hacerme compañía; le interesa lo que estoy haciendo. Me dirá: “Cuando vayas por la costa del estrecho, ten cuidado con el viento.” Lo tendré en cuenta. Me voy a la habitación para coger el diario y “la chuleta” donde llevo mis anotaciones del día, que temo haber perdido (aparecerá entre hojas de mi Guía de Albergues), y me voy con el boli al salón, mientras en la tele juegan Italia-España; están en la prorroga y acabarán a penaltis. Un grupo de jóvenes madrileños animan el salón. Van a dar las once y los mosquitos no están molestando.

Primera noche de albergue con cama sin estrellas
Al salir del salón hacia la habitación, Alejandra está halando por el móvil con su madre; que no se cree lo que le cuenta de mí. Cuando termina, quedo con ella para desayunar juntos mañana, de 8:30 a 9:00 horas. He pasado por el tendedero, pero la ropa aún está húmeda; dejo el pareo colgando de la manilla, para recoger la ropa a primera hora y dejar todo bien organizado antes del desayuno. Me acuesto desnudo y sin cubrecama y oigo gritos de júbilo; lo que me hace pensar que España ha ganado. Aunque no he seguido el partido, por los comentarios que he oído, parece que ha hecho méritos para ganar; aunque haya sido el azar de los penaltis el que, a la postre, haya decidido el resultado. Aún me quedarán los cohetes de Rota y la paz de Sancti Petri, para completar la resaca futbolera.
 
Esta 4ª jornada, ha tenido poco recorrido. Lo más interesante del día, tras empezar con sol y baños, ha sido el encuentro con la familia onubense. También, en el albergue, con Paz y Andrés; a Paz la visitaré en Tarifa y a Andrés no lo veré por poco. Alejandra ha sido un espejismo. La decepción mayor ha sido la de volver a la playa de Los Enebrales, que había dejado de ser nudista. Tanto comida como cena han estado bien.

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