jueves, 12 de abril de 2012

Etapa 19 (135) Tarifa-Pelayo

Etapa 19 (135) 07 de julio de 2008, lunes. San Fermín.
Tarifa-Guadalmejí-Pelayo.


Me levanto una sola vez a orinar y aguantaré hasta las 6:30 h para hacerlo de nuevo. Me debiera haber alejado de los dos escalones, pero la premura... Observo insectos y utilizo a los insectos bola, como canicas, lanzándolos lejos por propulsión corazón-pulgar. Se empieza a poner bonito el día, con un precioso amanecer y me levanto a las 7:30 h con el sol apareciendo sobre las casas, a levante, cuando me voy a las 7:45 h. 

Paseo matutino por Tarifa y desayuno
Me voy acercando al Ayuntamiento; los empleados van llegando. Un minusválido aparca su coche en lugar destinado para él (discriminación positiva). Mientras espero a que abran la biblioteca un hombre limpia la calle con un líquido blanco con olor similar al del alcanfor o, al menos, a mí me recuerda a algo similar, luego pasa la manguera y se lo lleva, pero siempre queda algo blanco en el suelo. 
 
Alojamiento logístico militar de Tarifa: MACTAE.

La bibliotecaria llegará casi un cuarto de hora más tarde, a las 8:15 h; me dice que puedo usar Internet, pero que no puedo usar el correo electrónico. Precisamente lo que quiero es ver y borrar y, tal como me lo dice, me da pie a que lo haga. Borro el poco correo que me quedaba por eliminar y escribo a mis hijas, para que sepan donde estoy, a Philippe, los murcianos, Gureak, Sara Volpe, Cristobal, Txema, Carlos Iglesias y Foro Ciudadano Irunés y borro todo, hasta la papelera. Hace unos días me llamaron de TNS para un ejercicio de control de funcionamiento de Correos. Doy mi aprobación y lo iniciaré al regreso, a finales de agosto. Colaboré hasta 2011. Bajo a desayunar al Hotel Restaurante Alameda y como dos croissants, que me calientan, mantequilla y mermelada, con manchaíto en vaso grande. Como en la terraza todavía hace fresquito, me meto en el interior y pido que cierren una de las ventanas para evitar la corriente con la puerta abierta. Me cierran media y así estoy bien. Quiero pagar y pido varias veces la cuenta, pues quiero anotar el gasto en mi libreta para que no se me olvide y, por fin, pagaré 4,40 €. Me pongo a escribir el diario. 

Visita a Paz
Luego salgo y me dirijo al paseo peatonal; no veo la señal de Información y pregunto. Al fondo de un parque hay un escenario con un gran cartel de fondo y me informan de que Información está detrás del cartel. Allí encuentro a Paz, la mujer de Andrés, que con sus dos niños, coincidí en el albergue de Punta Umbría; le enseño los dibujos y me pregunta si avisa a Andrés, que está en el albergue de Pelayo, en la carretera interior Tarifa-Algeciras. Al decirme que está en el interior y yo querer hacer el recorrido por la costa, siguiendo todo el estrecho de Gibraltar, le digo que no le llame que, por allí, no me interesa ir. ¡Cuán lejos quedará mi idea de la realidad! porque, al final, acabaré por allí. (Esto lo estoy escribiendo en el bar Las Piedrs de Pelayo, a la mañana de mañana y no voy a adelantar más). Paz me deja un mapa editado por la Delegación de Turismo de Tarifa, que no me ilustra más que el que llevo, así que se lo dejo ¿Con él me habría ahorrado la peripecia que me espera y os contaré? Me echa el sello que, aunque con mucha intensidad de tinta, al final quedará bastante ilegible por exceso de tinta. Olvido comprar postales. Nos despedimos con un beso, le digo que dé un abrazo a Andrés y besitos a los niños, Andrés y Vicente que, ahora están en la guardería.

Antes de salir hacia Algeciras: Mercado, voluntarios y ¡Salam Malikú!
Al salir de Información paso por el Mercado; sólo hay una pescadería y, el resto, está bastante desangelado. El pescatero me dice que es suficiente para un pueblo tan pequeño. Al pasar por una plaza, una mujer que vende melones y no escucha, está empeñada que me lleve uno por dos euros. Un señor me orienta cómo salir hacia Algeciras por detrás de la Iglesia que, exteriormente, parece tener interés pero, en su interior, no encuentro nada valioso, ni escultórico, ni arquitectónico, ni pictórico; además, muchos de los altares están en obras y el suelo está hecho un asco. Una señora barre y le comento: "¡Qué poco luce su trabajo!"; ella asiente con un gesto y dice: "me pagan por hacerlo y lo hago". Al salir de la iglesia me encuentro con un grupo de chavalillos con monitora que llevan una camiseta que pone: Casa de Oficios; se dirigen a un lugar a desarrollar una tarea que no me podré enterar, pero que, al menos, sé que es de voluntariado. Cuando estoy subiendo la cuesta, para luego volverla a bajar hacia el acantilado, hacia las rocas donse descubre la rasa intermareal, pasa un coche con jóvenes marroquíes y con, al menos, una mujer velada detrás, posiblemente también algún niño. Me preguntan cómo llegar al puerto para pasar a Tanger. Les digo por dónde y les añado "35 minutos" y el conductor sonríe. Son los minutos que les quedan para gozar de la felicidad del regreso a su patria ¡Qué cerca se encuentran ya de su casa! ¡Qué felicidad! Esa sonrisa es un adelanto de su alegría. Con "Salam Malikú", les despido. Cuando llego arriba de la cuesta, veo la gran cola de coches que quieren pasar el estrecho. Me alegro de haberle dado al magrebí la dirección correcta que, de todas formas, él habría cogido correctamente.



Sendero por el Estrecho de Gibraltar
Al inicio del camino me encuentro con la disyuntiva: bajar a rocas o subir una cuesta ascendente y muy empinada. Como creo que voy a coger un camino que me lleve por encima del acantilado, elijo la de arriba pero, a mitad de la cuesta, dos corredores que vienen entrenando, me dicen que la cuesta finaliza y que el camino correcto es el de abajo. Con esa información, ahora ya sé cual es camino que debo coger; no obstante, veo que se quedan parados en el cruce; pero no es para asegurarme a mí la información, sino que están esperando a amigos corredores rezagados. Llego a las rocas, donde desde mi atalaya de ayer, me pareció lugar inadecuado para dormir. Ahora, visto de cerca, no me parece tan mal sitio, pero ya no hay remedio. Un barco parte hacia Tanger.

Un hombre con dos perros me está esperando para orientarme; está en el punto estratégico para localizar el sendero que seguiré durante un buen tramo de la mañana; de lo que queda de ella. ¿Sabía que venía y que iba a precisar de su información? Me dice: "¿Ves el camino que asciende por el fondo?" y me lo señala. Es suficiente; está clarísimo. Éste hombre ha aparecido en el momento oportuno, en el momento adecuado. 
 
Agradezco, me voy y cuando estoy en la cima del camino, elevo el brazo y le saludo agradecido. No tengo la certeza de que me haya visto saludarle. El camino es de los bonitos, de los que me gustan, va con variantes, debidas a la erosión y, siempre que puedo, procuro ir por el grisáceo. El camino a veces se vuelve sendero y va subiendo y bajando, a veces, hasta ir casi por el mismo acantilado rocoso; a veces, formando ensenadas de agua que quedan como lagos interiores; en algún caso me recuerdan a las piscinas de Baelo Claudia de anteayer. 
 
Cuando deja de soplar el Poniente, siento mucho calor en la espalda, así que, cuando sopla, se agradece. A lo largo del camino se ven varios Bunkers. En una de las cimas, encuentro una vaca con sus dos ternerillos que, cuando me ven, se levantan y se acercan a ella. En un momento dado encuentro a un vaquero con acento inglés que me dirá que, después del castillo, uno que se ve a lo lejos, hay huellas de dinosaurios. 
 
Durante todo el camino voy viendo la parte africana del estrecho que, según vaya avanzando me irá posicionando más al frente de Ceuta. Se empiezan a ver unas pequeñas estacas metálicas en verde que pone VP y están clavadas por la Junta de Andalucía. Si indican algún camino, lo hacen de forma poco clara y tampoco parece que sean equivalentes a límites geodésicos que, en otros lugares, suelen ser de cemento. Llevan la bandera estrellada europea. Mañana, el que está con el suegro de Mari, me dirá que VP significa Vía Pecuaria.  

Aparecen algunos edificios militares que han ido quedando obsoletos.El término Colada es un toponimio del lugar que se repite: Colada de la Costa y del Camino de Tarifa a Algeciras, que me da cierta seguridad de ir en buena dirección; también veré otro: Colada de Viña al Provisor; Colada del Madroño y de San Pedro. Cuando mañana pregunte a Antonio, me dirá: "colada es similar a cañada; son las que se denominaban así en las antiguas rutas pastoriles. 
 
Calor y frío al unísono
En una de las bajadas a costa veo una unión del sendero con el camino ancho, por donde circulan vehículos, y hay una autocaravana en zona próxima a playa de rocas. No veré a ninguna persona, ni me enteraré cuando la caravana desaparezca. Desde arriba del acantilado veo una formación geológica estratificada que me hace recordar a una pista de aterrizaje de aviones, aunque con bastantes obstáculos de piedras engarzadas con cierta continuidad y repetición; al menos, desde arriba, parece que tiene espacios lisos que permitirán estar a gusto tumbado en los huecos entre los montones pétreos horadados. Ahora que la marea está algo baja, estas pistas de aeropuerto, son magníficas para estar tumbado y darse baños. También resulta genial el contraste entre el agua muy fría, no olvidemos que, cuando sopla el viento de Poniente, el agua se enfría más de lo habitual; tengo experiencia en playas de Marbella de no poderme bañar en el mes de agosto. Será el agua más fría de todo el viaje. ¿El viento de poniente, es el más habitual en el estrecho de Gibraltar?, me pregunto.
 
Parece aún más fría, porque la piedra lisa arde y la toalla es tan fina que no me aisla del calor; para poder tumbarme, tengo que mojar con el agua del mar la zona en que me quiero tumbar; tras hacerlo, la sensación es muy placentera y el airecillo resulta también muy agradable; si no corriera, es probable que no se podría aguantar el calor. Es un regalo para el cuerpo y resulta invitador para una experimentación más placentera. Estoy muy bien, relajado y me pongo a dibujar lo que veo, con el Torreón, al fondo, un caserío en frente y la roca en la que estoy, aunque la lisura y el calor de la piedra lisa no se aprecie. Veremos como sale la foto, aunque las comparaciones siguen siendo odiosas.
 
Cuando estoy a punto de terminar el dibujo, empiezan a llegar pequeñas olitas que me hacen ponerme alerta. La marea parece estable, pero los golpes de ola, probablemente vengan de los grandes barcos que circulan por el medio del estrecho. Cojo precauciones y subo las mochilas a una parte algo más elevada, mientras yo sigo sentado sobre la toalla y con los pies en el agua, para curar las heridas de los pies, pero sacándolos de vez en cuando, para que no se me queden congelados; acabará llegando una ola que me mojará un poco de la toalla y otro de la mochilita Visa; compruebo que no ha calado adentro y me tumbo en la plataforma, aunque algo más hacia el interior; escurro y ondeo la toalla al viento, pero donde mejor se secará es extendiéndola y con el propio calor de la roca. Termino el dibujo, me tumbo y, en conjunto, habré estado hora y media más o menos.
 
Hacia Guadalmejí
Al subir a la cima, el viento me volará la visera, pero tengo suerte de que el acantilado no sea abrupto y quedará cercana, protegida por uno de los muñones pétreos y la puedo volver a recoger. Después de este rato tan magnífico, retomo el camino que traía y me dirijo hacia el torreón de Guadalmejí. Nada más salir al camino, veo un Bunker que ha sido taponado por un lado y aprovechado, aunque no descubro para qué.




La Torre de Guadalmejí 
Allí veo a un grupo de pescadores jóvenes, a los que no me acerco porque están en rocas, al otro lado de la marea que ya ha empezado a subir. Me encuentro con Ford, un joven USA que, malentendiéndonos, se puede hacer idea del camino que estoy haciendo. Él acaba de llegar de su país y todavía no conoce la zona. Nos deseamos suerte mutuamente. Saco foto cuando Ford está pasando por debajo del torreón, aunque a él no se le ve. Alguien casca cañas en un recinto particular próximo al camino y, a partir de aquí, empezaré a tener problemas, porque se va perdiendo el sendero y porque empieza a cerrarse con unas plantas muy pinchosas que creo se llaman aliagas o aulagas.


Problemas con las aulagas y más peripecias
Como empiezo a pincharme más que lo que mi masoquismo me permite, decido bajar a caminar por las rocas del mar. Tras la primera serie de rocas, me encuentro con la desembocadura de un riachuelo que, por situación, me hace pensar que sea el Guadalmejí. Como la anchura del río es pequeña, decido pasarlo sin descalzarme, prefiero que la sandalia se me moje a hacerme daño en las plantas de los pies, que bastante deteriorados están. Pero al cruzarlo, con la presión de la corriente, se me acaba de romper la sandalia que, como ya os había dicho estaba a punto de caramelo. Era la sandalia que me había reparado en su suela O Zapateiro en Noia en 2006. Ya ha durado bastante. La aulaga, aliaga, jérguenes o hélguenes, como me ha dicho José, el suegro de Mari, la mujer que limpia la terraza del bar de Pelayo y Juan que me ayudará en el camino a Algeciras; bueno, pues esta planta pinchosa me empieza a fastidiar de nuevo el camino.

Se me rompe la sandalia que me arregló O Zapateiro en Noia
He pasado por piedras el río Guadalmejí, en su desembocadura y, al cruzarlo, he acabado de romper la sandalia; en el momento más inoportuno. Las plantas pinchosas se multiplican. Me pongo la camiseta de manga larga y el otro pantalón sobre el que llevo que, aunque me sigue dejando las piernas al descubierto, algo más me protegen de los pinchos. Levanta el vuelo un grupo de unas ocho perdices; meten tal ruido con su aleteo que parecen avutardas; estaban tranquilas en un matorral, hasta que aparezco yo. Con dificultades llego a la playa Arenillas, a la que suele bajar Mari, según me dirá mañana, ¡lástima que hoy no esté! Me dice que tiene camino directo a Pelayo. Pero, ¿hubiera ido? También me dirá que es la única playa con arena de toda la costa, pero José me dirá que también hay otra que tiene, aunque poca. La arena de Arenillas es grisácea y, aunque en el interior del agua hay fondo de piedras, me baño en la zona de arena agachado y aprovechando que la marea ya está subiendo; al menos me refresco y sano los arañazos de las piernas ¡un picor de sal saludable! En la playa, en un letrero, se lee: SI QUIERES LA PLAYA LIMPIA. Tal como la leo, parece que habría que continuar: “No la ensucies”; pero se puede interpretar que si amas la playa, que la limpies, ya que mucha de la porquería que hay no es de los usuarios, sino de la mierda que el mar desposita. Interpretándolo así, bastaría poner un punto tras PLAYA o poner entre admiraciones LIMPIA. Bueno, en cualquier caso, la sugerencia parece clara. Me gustará más el cartel que encontraré al día siguiente de entrar en Almería, que ya comentaré. Cuando llego, me parece ver una sombra entre los arbustos y árboles, pero creo que habrá sido un espejismo, pues no veré a nadie. Una vez seco, me voy por las rocas, pues he visto que a continuación viene una gran rada con cantos rodados y que en el lado de levante tiene unas construcciones militares obsoletas, otra de las constantes, junto a los Bunkers del camino. Como ando muy mal con la sandalia rota y no tengo ganas de cambiarme a las otras, que están al fondo de la mochila, encuentro un trapo en la playa ¡bendita porquería me trajo el mar! Y me lo ato por debajo de la suela y con una lazada fuerte sobre el empeine. El aspecto que llevo es más penoso si cabe con este lazo azul y blanco (de la Real Sociedad). Sigo por las rocas hasta que no puedo seguir más adelante.

Primer obstáculo peligroso
A continuación la posibilidad de ir caminando por la orilla del mar se interrumpe, pues empieza a formarse un acantilado y las opciones son dos: o tirarme al agua, algo poco conveniente, máxime con las dos mochilas o ascender una roca con inclinación muy pronunciada, que será por la que opte. La roca inclinada es de cascajo (me dicen que ellos les llaman planchas); se desmorona en pequeñas partículas y temo resbalar y que la mochila me desequilibre y me venza hacia atrás. Comienzo la ascensión con mucho tiento; la piedra al pisar se cuartea, se desprenden pedacitos, pero las suelas de las sandalias parece que se aferran suficientemente; voy a gatas, con el fin de que la mochila vaya a mi espalda como en la cima de un puente romano de un ojo, de tal forma que el peso tiende hacia delante y hacia el cuello; avanzo muy lentamente, pues las manos no tienen donde sujetarse y hago surcos con las uñas y yemas de los dedos que, también, rompen la roca a pedacitos. En estos surcos, luego apoyo las puntas de las sandalias. Aunque la roca no es muy grande, el ascenso se hace penoso. En la cima de la roca veo como restos de una planta que ha pasado a tener la forma de un cordel, como una cuerda sisal bastante gruesa; pareciera que no soy el primero que la utiliza para aferrarse a ella. Suspiro por alcanzarla, pero sin agarrarla con brusquedad, ya que no sé si va a tener la fijación suficiente como para aguantar mi peso y el de las mochilas. Por fin, llego arriba, la “cuerda” aguanta y he salido indemne del atolladero. ¡Oportuna “cuerda”! Miro hacia abajo y veo rocas junto al mar que, si caigo de espalda, podrían haberme desnucado. Respiro y suspiro porque no ha pasado del susto ¡Estoy vivo!

Me libro de un peligro y me meto en otro
Dejo de mirar al mar y a las rocas y me centro en ver por donde continúa el camino y, en cuanto veo la senda, compruebo que, justamente, empieza en una aulaga a izquierda y otra a la derecha y, según me voy acercando, voy cavilando cómo soslayarlas. Mi estrategia elegida para continuar el camino entre ambas aulagas es: Con la mochila grande apoyarla en la aulaga de la izquierda, que es la más alta y con el pie derecho aplastar, a la altura del tallo, la aulaga de la derecha. Así lo estoy haciendo y parece que va bien pero, al poner el pie izquierdo en el camino, éste tiene una falla y con piedra inclinada hacia la derecha y hacia abajo, falla que no había visto porque me tapaban las dos plantas pinchosas y, tal como estoy en el aire, mi cuerpo se desliza, casi entero, hasta situarse por debajo de las raíces de las aulagas y quedándome sujeto al camino por la mochila grande. Es un momento de gran tensión, pues no sé cuanto tiempo va a sostener la mochila el peso de mi cuerpo y hay que ser rápido en buscar una estrategia de salida. Primero me sitúo en el mundo. Mi pie derecho pende sin ningún apoyo y sólo noto que toca raíces y ramas, pero el izquierdo tiene un pequeño apoyo; más abajo está el acantilado que, como me deslice, la toña será mayor que en el peligro anterior. El culo también lo tengo algo apoyado y los brazos están libres para asir. Echo mi mano izquierda hacia atrás y noto como, una vez superadas las aulagas, lo que toco es una planta amable que, parece me puedo agarrar y con capacidad de sostenerme; esa será la opción que elijo; agarro la planta amable y con un giro brusco me reincorporo al sendero. ¡Segunda prueba superada! Pero no será la última del día. Estoy hecho polvo de tanta tensión pero contento, a la vez, porque me he portado con mucha tranquilidad, poniendo todo el empeño en salir del atolladero. No me agrada lo que me ha pasado, pero jamás había estado en situación de tanto peligro y me alegra saber cómo me comporto en este tipo de circunstancias. No sé si habré hecho algún mal gesto o si es por la propia tensión, pero las mochilas me empiezan a pesar más de lo debido, pues la distancia recorrida no ha sido excesiva. Bueno la realidad es esa y todavía me queda un buen tramo para Algeciras. Observo, por la dirección, que algunos barcos ya están haciendo la ruta Algeciras-Ceuta, así que ya no puedo estar demasiado lejos del destino que había previsto. Lo que sí es cierto, es que voy mucho más retrasado de lo que pensaba; creía poder llegar hacia las cinco o seis de la tarde, comer un tentempie y cenar a gusto; pero son cerca de las siete y estoy donde estoy.
 
Hacia la zona militar de Alhucemas
Por fin llego a la playa de piedras del tipo cantos rodados; intento pisar las grandes pero, están tan bamboleantes que me decido a ir pisando las chicas (me viene el recuerdo de la playa de San Antolín, en Asturias) y salgo al prado con construcciones derruidas. En la dársena, hay un amasijo de chatarras, de algún vehículo marítimo obsoleto, que depositó allí el mar en alguna de sus furias, y que ahora puedo ver como una escultura, un elemento colorista del paisaje. En el prado hay muchas vacas pastando que, con sus pisadas, simulan caminos inexistentes y que me harán zozobrar de nuevo. Cojo uno, y me lleva a unos arbustos, de donde ellas comen; cojo otro y lo mismo. Mirando hacia arriba y en dirección Algeciras, veo como un calvero, algo que pudiera ser un camino, pero la barrera de matorral pinchoso no me deja avanzar y no acabo de ver camino alguno que parta del lugar. Retrocedo hacia el lugar por donde he salido al prado desde la playa de piedras y me oriento hacia el lado contrario, hacia Tarifa, y es cuando veo la huella de algún vehículo, debido al peso, las ruedas se hundieron en el barro y ha quedado una huella bien marcada; la sigo y salgo a un camino que se va ensanchando. Pienso que por este camino vienen los dueños del ganado, así que me llevará a algún sitio y que, aunque me obligue a dar más vuelta, me sacará del atolladero; y tiro por interior hacia el monte. Creo que si hubiera podido seguir por la costa, ya estaría por Punta Acebuche, no lejos de Punta Carrero que, mañana, avistaré a lo lejos, una vez llegado al faro. Pero volvamos al camino, que sigue ascendente. Tras un prado inclinado, intento tirar hacia la derecha, hacia Algeciras, con intención de encontrar aquel camino que veía desde abajo, pero lo que se ve no es un camino limpio y ya he tenido bastante con las plantas que me han magullado las piernas, y decido continuar el camino ancho.
 
Saco una foto desde este camino, con Ceuta al fondo y una muestra de seto de las plantas que me están obstaculizando el camino; si en el camino del norte, fue la argoma (otea, en euskera); en el portugués, la jara (cistos ladanifer); en éste, el del sur, serán estos que aquí, creo entender, llaman jérguenes (en el bar de mañana, el segundo hombre me los nombrará también así, como José). Aunque voy ya cansado, la firmeza del camino y la casi certeza de que me lleva a zona civilizada, me da nuevas fuerzas para seguir caminando. A lo largo del camino, siempre ascendente, he encontrado varias cancelas, lo que nosotros llamamos langas; cierro las que encuentro abiertas, y las que están cerradas las atravieso por las barras horizontales de madera o por el hueco del lado derecho. El cierre es fácil, salvo que el gozne no coincida, por alabeo, con el nicho de apoyo. Pienso que voy llegando al caserío del dueño de las vacas, a las que controla, relativamente. Llego a una construcción semiderruida, donde come una vaca; sus dos ternerillos, que estaban cerca del camino, huyen ante mi presencia, pasan por encima de la alambrada, echan a correr camino arriba y se meterán a la derecha. El camino continúa, pero no acaba de llegar a la cima. Por la dirección que empieza a tomar, temo que me aleje demasiado de la costa, y cuando creo que ya estoy llegando al caserío…

Zona militar de Alhucemas. Prohibido el paso
La puerta está cerrada a cal y canto. Miro a la derecha un posible camino, pero me trae las mismas sensaciones que el camino abandonado por los pinchos de la costa. El cartel de prohibición se ve bastante deteriorado, lo que me hace pensar en una obsoleta instalación militar (al menos ese es mi deseo) y, a pesar del riesgo y las dificultades para entrar, me animo a intentarlo. La puerta está amarrada con cuerdas y con un candado, así que intento subir por el lateral izquierdo a un podium, que me permita librar la alambrada que va por encima a lo largo de los dos muros; la dificultad se acrecienta por el peso de las mochilas. Si no hubiera podido subir, me las habría quitado y pasado tirándolas hacia el interior pero, como puedo ascender con ellas, así lo hago. Salto hacia el otro lado, y ya me encuentro en el recinto militar. Aquí la situación no es como la de Camposoto, donde los banderines rojos me indicaban la zona de tiro, aquí estoy bien dentro de lo prohibido y ha sido evidente la infracción, pero me atrevo con la esperanza de lo obsoleto. El primer edificio que avisto, a lo lejos, me confirma esta intuición; es un edificio a dos colores, que empieza blanco y acaba verde y bastante desvencijado, con persianas rotas, torcidas y medio caídas y que dan sensación de edificio abandonado pero, enseguida, oigo el ladrido de un perro que me hará cambiar de opinión en el acto; sobre todo cuando veo que asoma el hocico bajo una puerta que dispone de un pequeño espacio por debajo y que, a pesar de su tamaño, permite pasar a un perrazo fiero que me tendrá acojonado contra la pared contraria que, ya no recuerdo, si era de obra o vegetal. El perro está atado con una correa de unos dos metros de largo, pero que va sujeta a otra cuerda que hace de guía por medio de una argolla, que permite al perro un radio de acción a lo largo de la fachada de la casa. Este sistema ya lo había experimentado en Hendaia, con un perro que me obligó a tirarme de espaldas contra el tronco de un plátano. Tengo al perro a escasos centímetros de mí y, menos mal, aparece enseguida el dueño del animal.

El Jefe de Todo Esto
Parece que la medida está bien estudiada como para que el infractor tenga margen para eludir al perro; pero sólo es válido si es alguien que esté bien atento. El hombre, lo hace callar y me atiende. Lo primero que le digo es que ya he leído la señal de prohibición, pero que las plantas con pinchos me habían cerrado el camino y no me habían quedado más opciones que intentarlo por allí y, atropelladamente, y con voz cansina y desfalleciente, le digo que no he comido nada desde el desayuno y que no tengo agua. El militar, entra en la casa y sale con una botella grande de agua, un chusco de pan y un fuet o salchichón. La botella de agua, de litro y ½  es de grifo, pero está fría y, con ella, me llena la mía; echo un primer trago corto, por prevención, por lo fría que está, y le agradezco lo que me ha dado. Me dice que siga adelante y él retrocede, pues debe volver a su casa para coger la llave que me permita pasar al recinto militar. Mientras subo, él va por su motocicleta, me pasa y me espera con la puerta corredera abierta. Cuando paso hablo con él algo más distendidamente y le digo: “aunque me veas con estas pintas, en mi ciudad soy persona respetable” y su respuesta es: “si no, no te hubiera dejado pasar”. Tontería de ida, prepotencia de vuelta. Para reflejar mi agradecimiento cuando escriba el diario, le pregunto su nombre; pero él se niega a dármelo; en realidad, es comprensible, ya que dejándome pasar está infringiendo una norma del campamento. Observo que la puerta corredera que él me ha abierto, empieza a cerrarse sola y se lo advierto. Y me dice: “No te preocupes, soy El Jefe de Todo esto” (Yo creía que El jefe de todo esto era Oscar Teról, pero veo que me equivocaba.  Después de los sustos, ahora tengo ganas de bromear). Me dice que al salir me tomarán nota del DNI para reflejar mi paso. Me despido agradecido, paso por los edificios de cocina y comedor, en el momento que tocan fajina, fin de la jornada, y los soldados se dirigen a cenar ¡Quien pudiera ser soldado en esos momentos! Llego a la barrera y en ese momento están allí cuatro soldados con traje de camuflaje; les acaba de llegar el relevo, se van a cenar y sólo queda uno que será quien me tome nota de mi identidad. Le cuento lo que estoy haciendo y lo último que me ha pasado, incluido el regalo de su jefe militar y me pregunta: “¿Y, ahora, dónde vas?” y mi respuesta es “a Algeciras”. Me dice que hay unos diez kilómetros para llegar a tierra de nadie y unos tres más para llegar a la zona de población, y me recomienda que vaya al Albergue Juvenil de Pelayo (en el que está Andrés y no pensaba visitar). Agradezco la orientación, y hacia allí me encamino.
 
Caminando hacia el Albergue Juvenil de Pelayo
Empiezo a comer lo que el militar me ha dado ya que, como he dicho, no había comido nada desde el desayuno: el chusco de pan está duro como la piedra, se ve que lleva varios días en la recámara, y el salchichón tiene un gusto rancio (revenido, como diríamos en mi pueblo); al menos no está podrido como las cabezadas de lomo que me vendieron en la fábrica de embutidos, Santa Eulalia, de Fuentes del Trampal (Cáceres). Estará muy malo, pero no llegará vivo a Pelayo. El pan lo tengo que ensalivar y roer para podérmelo comer, pero como dice el refrán “donde hay hambre, no hay pan duro” ¡Y qué rico me sabe! ¡Gracias mi capitán! (Seguro que le estoy bajando de graduación). Salgo por carretera asfaltada y, cuando voy llegando al camino, a la izquierda, veo a un chico en bicicleta, quizás fuera una “mountain baik” que me dirá que hay una buena cuesta hacia arriba; este dato me despistará y me obligará a subir una a la derecha que lleva exclusivamente a una casa particular. Por suerte el dueño de la casa sale cuando yo llego y me hace un mapa de situación con los pasos que deberé dar para llegar al Albergue Juvenil que ya, desde allí, se ve. Miro hacia atrás y saco foto del acuartelamiento militar desde lo lejos y con perspectiva. La zona donde estoy es muy verde, de árboles y matorral; como se ve en la foto. Cuando llegue a Pelayo deberé coger la carretera en dirección a Tarifa, unos 300-400 metros. Aunque la cuesta ha sido empinada y ahora tengo que deshacer el camino, ha merecido la pena por el encuentro tan útil que me ha propiciado y por la seguridad con que ahora voy. Si hubiera llevado un mapa perfecto, como algunos me recomiendan, este encuentro no se habría producido. Mi viaje valora más estos encuentros que la perfección del camino. Bajo la cuesta y sigo el camino. Algunas vacas pastan al pasar, unas me mira y esperan impertérritas a que pase, otras miran con “mala cara” y otras, asustadas, trotan en mi misma dirección; ninguna me asusta ni produce mal alguno. Llego a un poste de alta tensión, que mañana fotografiaré, por donde me meto, dejando un camino que enfila hacia el mar (probablemente sea el que lleve a la playa Arenillas). Por el sendero gris que pasa junto al poste, que es como un zig-zag de atajo, llego a camino más ancho. Poco antes de salir a la carretera general Tarifa-Algeciras, un chico me orienta  hacia un albergue que está ala derecha, pero luego piensa en el Juvenil y me manda hacia la izquierda; creo que su primera intención, al no parecerle yo muy juvenil, sería indicarme el albergue a cuya puerta dormiré.

El Albergue Juvenil de Pelayo y alternativas
Sabía por Paz y Andrés que el Albergue Juvenil de Pelayo estaba completo, pues lo había alquilado una organización de jóvenes para un mes (?), así que ese titubeo y otra orientación posterior, como se verá, me hacen pensar en que puedo tener otro albergue alternativo al oficial de mi guía de albergues. Ya no tengo la mente para pensar mucho y me voy hacia el albergue completo, con la esperanza de que, aunque no haya camas, como yo no la necesito, al menos, me puedan hacer un huequecito en el jardín. La carretera general 340 tiene mucha circulación y los coches circulan a gran velocidad pero, como tiene un buen arcén, voy tranquilo. Llego a la puerta principal pasando por el gran portón corredero; cuando estoy ascendiendo, pasa un coche y, al llegar arriba, sale del edificio la gobernanta. Le digo que conozco a Andrés, que esta mañana he estado en Tarifa con Paz, su mujer, que ya sé que está completo y le pregunto dónde me puedo colocar sin que moleste demasiado. Su respuesta es contundente: “en ningún sitio”. “¿Y si negocio con el guarda?”, insisto ante la negativa. “El guarda no te va a dejar quedarte”, es su segunda negación. Me ve tan decepcionado, que me da toda clase de explicaciones: “en el albergue han venido veinte niños más que las plazas y ni siquiera el que los supervisa tiene sitio y ha tenido que buscar alojamiento en otro lugar, de alquiler, de Pelayo.” Si él ha tenido que salir, yo con mayor razón. Pero la gobernanta es razonable, se apiada de mi situación, y me propone lo siguiente: “Te puedo llevar a Tarifa”, “¡Oh, no! ¿Retroceder, para volver a tener mañana la misma pelea con las plantas pinchosas?”, le digo; o tener que hacer todo el recorrido por la carretera; para eso prefiero buscarme la vida en Pelayo. La segunda propuesta es que me monte en su coche y ella me acerca a los sitios de Pelayo que ella conoce, restaurantes donde alquilan habitaciones; pasamos por dos o tres y todos están cerrados y sin luz. Hay que tener en cuenta que ya pasaban de las diez de la noche cuando llegué al albergue. En el recorrido pasamos junto al Hostal El Jardín, un club nocturno con sus luces de neón características. La verdad es que nunca voy a estos lugares y menos hoy, pues tendría que pagar mucho para no hacer buen uso del servicio; mi cuerpo está para caer redondo en cualquier lugar, después de un día con tanta zozobra y sobresalto, no estoy para trotes nocturnos, ¡Ni gratis! La gobernanta pregunta y una señora le remite a El Bosque, que ella también había pensado indicarme, posiblemente el que me oriento el primer joven al llegar a Pelayo; se trata de una albergue de Protección de Menores especial para menores marroquíes que cruzaron el estrecho sin permiso, ni contrato de trabajo. Le dijo que me deje allí mismo, en la carretera, que ya le he molestado bastante y agradecido por su empeño en resolverme el problema. Siempre me quedará la duda de qué me habría dicho el guarda de noche del Albergue Juvenil, si no me habría señalado algún hueco discreto, pero no voy a hacer más elucubraciones. Gracias gobernanta, por tu ayuda.

El Bosque. Protección de Menores marroquíes
La gobernanta sigue con su coche hacia Tarifa y yo tengo la opción de cruzar al otro lado por la carretera o por la pasarela; como ya no hay mucha circulación, elijo carretera y me meto donde unas farolas que ella me había señalado. Parece una casa particular y me salen cinco o seis perrillos muy ladradores, que apenas me permiten hablar con el dueño; tampoco él hace ningún esfuerzo por acallarlos y mi voz no está con talante de elevarse a mayor potencia. Lo que le entiendo es que El Bosque está a continuación. Por los alrededores ladran muchos perros y el ruido de los coches, que pasan por la carretera, queda muy cercano, aunque acabarán convirtiéndose en un arrullo más, como las olas en las playas en mis dormidas nocturnas. Como ya es muy tarde (estarán rondando las once), no quiero llamar fuerte ni al timbre y, como la puerta dispone de un ventanillo, que está abierto, elevo un poco la voz para llamar a una chica que está en una habitación aledaña al porche. Se acerca a la puerta sin abrirla y hablamos a través del ventanillo. Le digo que estoy buscando sitio para dormir y cómo me han ido fallando todos los intentos. Me dice que en el Centro de Protección de Menores tienen también alojados más internos que plazas y que, aquí, tampoco hay sitio para mí. Un chico marroquí se asoma por el fondo. El porche es muy amplio y le pido que me deje colocarme en un rincón, pero ella no puede tomar esa decisión sin tener permiso de la responsable del servicio. Me manda a El Jardín y me dice que la dueña vive al lado ¡Qué empeño en hacerme grata la noche! Como no me da mejor alternativa y yo ya estoy que me caigo, veo un lugar idóneo en la entrada, pues hace un recoveco muy a propósito, con un murete a media altura que, de alguna manera, me aísla del exterior y separado de la puerta por dos hermosas plantas en sus grandes tiestos. Tengo el espacio justo para extender el saco y la luz indirecta lanza su haz en otra dirección y deja mi cabeza en penumbra; así que elijo ese lugar, externo a la casa, pero no quiero hacerlo sin que ella lo sepa (craso error) y le digo que voy a dormir allí y que ella haga como que no se ha enterado. Ya a esas horas nadi tiene que entrar ni salir de la casa.

Durmiendo en el Centro de Menores
Estudié Criminología, pues de las especializaciones en Pedagogía, de Educación Especial o Pedagogía Terapéutica, siempre me había atraído el mundo de los inadaptados sociales; pretendía trabajar en equipo con el Juez de Menores y otro especialistas, diseñando programas adecuados a los jóvenes delincuentes con el objetivo de que volvieran a ser recuperables para la sociedad. También, en la EPA, había tenido relación de apoyo a alumnos marroquíes, para reforzarles en castellano y que pudieran expresarse mejor en los exámenes y mejorar en los rudimentos del idioma. Así que, con esas premisas, hasta me hacía ilusión de conocer este centro que me había puesto el azar en mi camino andaluz; algo impensado que podría culminar en experiencia grata. No ha podido ser así, y me conformo con dormir a su lado. Me desnudo, me meto en el saco, ¡Qué bien estoy! ¡Qué ganas de coger la horizontal! El muro lateral me protege del poniente. Apenas entrado en ese duermevela del primer sueñecito, me despiertan. Dos jóvenes han salido del edificio; uno lleva la voz cantante y me dice, “aquí no te puedes quedar”. Le digo que estoy en un edificio público y me responde que no lo es, que es privado. Le insisto que por el tipo de tarea que hacen se ve que es una institución pública dependiente de la Junta de Andalucía (al día siguiente me lo confirmará el panadero). Ya veo que tiene voluntad de echarme de allí y que todos mis argumentos de sueño y de cansancio no van a servir de nada, así que digo con determinación: “Bueno, esto es privado y ¿esto es público?”, señalando el otro lado del murete. Ante su respuesta afirmativa, me levanto, paso las mochilas y mis sandalias al otro lado del murete de obra y con ancha baranda de madera y, en calzoncillos, pongo esterilla y saco extendidos y me meto dentro. Mañana veré el suelo, por donde he pasado descalzo, lleno de cristales rotos. Ellos se van y yo en cinco minutos estaré dormido, más desprotegido que donde estaba, pero a escaso medio metro de distancia y expuesto a que algún perro me lama por la noche o me ladre, pero ¡qué le vamos a hacer! ¡A dormir! Cuando mañana cuente la peripecia al panadero, que me confirma el patrocinio de la Junta de Andalucía, se escandaliza de que los extranjeros tengan sitio en ese albergue y los nacionales necesitados no. También me dice que, si hubiera hablado con Paco (?), el responsable del Albergue, que me habría hecho un hueco (?) Una de las dos mujeres que, por la mañana, traerá el pan, es la mujer del panadero. Pero me estoy adelantando.

La Guardia Civil vela por todos nosotros
He pasado todo, incluida la venda que me pusieron en el pie en Bolonia, que había puesto a airear. También el trapo que sujeta mi sandalia que, mañana tiraré, pues ya no me las puedo poner y con el trapo voy muy poco presentable. No sólo llevo las piernas y los brazos llenos de magulladuras, sino que también la sandalia va malherida. Ya llevo un rato dormido. En el lugar donde estoy, me encuentro más vulnerable, más cerca de la carretera y expuesto a que algún coche con conductor ebrio o adormecido se salga a la cuneta y me dé un susto. La luz del farolillo de la pared, que antes me daba una luz difusa, ahora me da de pleno; coloco la mochilita en el medio para que reciba el haz de luz. Pero el cansancio es grande y el sueño reparador. No sé con qué estoy soñando cuando, a las tres de la madrugada, me despierta un guardia civil. Me pregunta por qué estoy durmiendo aquí; le explico la falta de sitio en el Albergue, en los otros lugares recorridos y cómo no me han admitido tampoco en El Bosque. Muy amablemente, me dice: “¡Que duermas bien!” y, cuando se van a ir, le pregunto: “¿Me puedes decir qué hora es?” y su respuesta es concisa “Las tres”. “Muchas gracias”, le digo; se van y yo me vuelvo a dormir. En este momento no tengo ganas ni humor para pensar, pero casi podría asegurar que los que hacen de responsables en este momento en el centro, son los que, no contentos con echarme del recinto, han llamado a la Guardia Civil. El lugar en que estoy durmiendo no parece idóneo para estar patrullando a estas horas.

El día ha sido terrible y magnífico en experiencias; el más largo de todo el periplo, más que el de Rota-Valdelagrana. Dos noches seguidas durmiendo en espacio urbano ¡Qué ganas de pillar playa para dormir! La mañana ha empezado bien con la visita a Paz. Es curioso cómo todo me ha ido llevando hacia el lugar que no quería ir. Le había dicho a Paz que no pensaba ir a Pelayo, y acabo durmiendo allí. El paso por la costa del estrecho ha sido magnífico hasta que se estropeó el sendero con las aulagas (¿jérguenes?). El baño con agua fría del poniente en contraste con la losa ardiente, ha sido una experiencia nunca experimentada. Tenía el recuerdo de losa ardiente de mármol en los baños turcos de Bursa pero, allí no había contraste, el agua también estaba caliente. Después, los dos momentos en que ha peligrado mi vida. Al ser la primera vez, que yo recuerde, que estoy en este tipo de situación, he salido contento de cómo me he comportado, sin nervios, totalmente centrado en salvar la vida. Una experiencia que trataré de que no se repita, por mi propio interés, pero que habiendo ocurrido, la tildo de positiva. Todavía no había hecho el paso de la Mesa de Roldán por el acantilado (entre el faro y las rocas marinas), llegando a la playa de Los Muertos, en Carboneras (Almería), como ya os contaré. Y, para terminar el día, expulsado de la costa por las plantas pinchosas, y empujado hacia el interior: El perro del recinto militar, el agua y la comida regalada por “El jefe de todo esto” y la orientación hacia Pelayo del soldado ante el que me identifico. La cena a cargo del Ejército. La negativa para pernoctar en el albergue juvenil y la ayuda de la gobernanta en la búsqueda de albergue. La alternativa para dormir en el Club nocturno y, de nuevo, la negativa para dormir en el porche del Albergue para la Protección de Menores patrocinado por la Junta de Andalucía. Escribí a la Junta solicitando el libro: Acercamiento al menor inmigrante marroquí y me respondieron en 22 de febrero 2010, que estaba agotado. Lo leí en la página web y también el libro de Pablo Pérez Pérez: De náufragos y navegantes: Los menores y jóvenes no acompañados, muchos de los datos se han recogido en centros como El Bosque; en el prólogo del primero pone que las experiencias se recogieron en un centro de Algeciras ¿Pelayo pertenece a Algeciras?; pero allí había sitio para ellos y no para mí. ¡Qué pena no haber conocido a algunos! Y haber podido compartir más experiencias personales. Mi interés por el tema viene derivado de que, en enero me asignó el proyecto Izeba un marroquí de Tanger, Abderrafiq Mahrir, para que hiciera, más que de tío, de referente en la ciudad; periódicamente nos hemos reunido en diversas ocasiones, pero es un chico muy autónomo y demanda poca atención. En el momento en que escribo estamos en horas bajas, él está estudiando soldadura y calderería y haciendo prácticas en empresa con el fin de conseguir un trabajo, algo tan difícil en estos momentos de crisis. Como ya he dicho, acabo la madrugada con la visita de la Guardia Civil, un buen colofón para un día tan intenso. ¡Viva San Fermín!

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