jueves, 12 de abril de 2012

Etapa 26 (142) Puerto Banús-Marbella

Etapa 26 (142) 14 de julio de 2008, lunes.
Puerto Banús-Marbella.




Día completo marbellí
He dormido bastante bien, a partir de la hora de las piedras. Hacia las cuatro me he levantado a orinar sobre roca, para no enarenarme los pies. A las 5:30 h, empiezan a rastrillar y cribar la arena de la playa y dos personas, a pie, cambian las bolsas de basura de los cubos. A las siete me baño, intento secarme al aire, pero como está cubierto y no luce el sol, acabo recurriendo a la toalla. Me visto, recojo todo, cargo con las mochilas y paso a paseo por zona sin barandilla. Me acerco a los aparatos de gimnasia, pero no hago uso de ellos. Empiezo a caminar y me encuentro con dos empleados de un NH que acaban de terminar su jornada laboral nocturna y conversan antes de regresar a casa; se trata de Alejandro y Antonio que me escuchan gustosos y ven mis dibujos. Llego a la urbanización Puente Romano, donde estuvimos alojados las tres familias amigas que hacíamos vacaciones con Ovac, el año en que se casó Lolita y que asistimos en Marbella a parte del show de su boda. Más adelante pregunto por la avenida Naveul y me dirán que, después de pasar el puerto deportivo, tendré que llegar al restaurante Santiago y, de allí, subir escaleras. Antes encontraré otra instalación del Circuito Biosaludable que, como ya he dicho, patrocina el Ayuntamiento de Marbella. Nunca se tendrán datos para evaluar lo que este circuito favorece la buena salud de los marbellíes.










Buscando dinero
Llego a una pequeña playita que se aprecia muy bien desde el paseo y que fotografío; aunque no se vea bien, una pareja desnuda intenta follar, ¿con qué éxito?, no lo sabré. Él coloca a ella de espalda a la roca, con las piernas bien abiertas y él se coloca frontal, de espaldas al posible espectador. Ella no se siente cómoda con la espalda en la roca y baja a la arena y coge con sus piernas el culete del muchacho y se ponen a trajinar. 
   








No me quedaré a ver el resultado final, pero esto se anima, empiezan a aparecer más espectadores. 

Antes he pasado por playas que he ido fotografiando. Aún no ha amanecido y, para colmo, el cielo nuboso no favorece para disfrutar de un paseo más brillante a estas horas de la mañana. Por contra, es una circunstancia muy favorable para caminar con peso y sin sudar.

Por una de las playas, me encuentro con un emarcadero que, aunque de apariencia endeble, debe ser lo suficientemente estable como para acoger a los mareantes que vayan a embarcar. A estas horas de la mañana está vacío.

Me urge resolver el tema de dinero, pues de nuevo se me está acabando el que saqué en Barbate. 

 


Llego a una arboleda que parece un vergel umbrío, algo sorpresivo en una ciudad del sur ¡qué frescura se respira allí tan de mañana! No ocupa mucho espacio, pero es frondosa. 
 
Enseguida doy con la calle que busco, pero se complica, porque el letrero indicador del nombre de la calle se ha caído; un hombre que no sabe, por no callar, me dice que ese no es el nombre de la calle; menos mal que, cuando estoy cruzando la calle, para continuar buscando, leo: Caja Rural del Sur. Están teniendo problemas de conexión y el servicio no está operativo, por lo que no me pueden dar el dinero; llevan así varios días. Supongo que con los clientes tendrán fórmulas más convincentes; yo, como foráneo y no cliente, me tengo que aguantar, pero les pido una solución; me mandan a otra Caja Rural (de ningún sitio). Por la Avenida Soria me acompaña un hombre; llegamos juntos a una gasolinera y él cree que por allí ya no puede haber ninguna agencia bancaria. Yo sigo y, dos manzanas adelante, encuentro la Caja que busco. No iba muy preocupado porque, al pasar, he visto dónde había un Bancaja, y si me falla Caja Rural, tendré la otra opción, aunque con gasto de llamada de móvil. Como no encontraba Caja Rural, he preguntado en Caja Granada y ellos me han dicho cómo encontrarla. En Caja Rural me dicen que algunas, tres o cuatro, se han salido del convenio que tenían suscrito y que intente en Caja Sol, donde es fácil que lo mantengan. Ni intento retroceder hasta Caja Sol y me decido por All Cash. En vez de hacerlo por móvil, hago la gestión con mi apoderado a través de teléfono público, que me costará 0,80 €. Mi apoderado me da la clave que debo marcar en el cajero; en esta ocasión he pedido 400 €, pero el orden de preguntas en el cajero, una vez que he recibido el SMS autorizando el reintegro, ha variado sobre la fórmula de Ayamonte. Es así: 1º Número de móvil, 2º cantidad de €, 3º clave del SMS y 4º clave que me ha facilitado el apoderado y esta última, sale oculta con asteriscos. Los billetes que me salen son 6x50 y 5x20. Una chica me ha cambiado uno de 50 por 5 billetes de 10 y un chico me ha mirado qué establecimiento bancarios tienen  el servicio All Cash: Bancaja, Banesto, Bankinter, Popular, CaixaGalicia, CaixaPenedés, Cajamar y Cajasol. La razón de sacar más dinero es que tengo intención de comprar rollos de diapositivas, puesto que se me están acabando los que traje de casa y también tendré que pagar el albergue. Entre pitos y flautas hoy gastaré 115,95 €.

Buscando pensión
Compro 20 postales a 0,35= 6,95. Sólo he conseguido cinco céntimos de rebaja ¡vaya miseria! Me he desprendido de un montón de chatarra. Así que hoy dedicaré un tiempo a escribir postales. Sólo he encontrado tres rollos de dispositivas Sensia por 18 €.  Después de desayunar en el Piave (3,50 €) y escribir las postales, y de coger mapa en Información, donde me han echado el sello de Turismo: Tourist Office, de la calle Fontanilla, son las doce y me voy hacia el Albergue Juvenil. De momento ya estoy tranquilo, pues no me gusta andar sin mapa y ya era el cuarto día andando por Málaga sin mapa de la provincia. Me han orientado bien hacia el albergue; he tenido que andar un rato y ya hace calor. Cuando llego al mostrador me encuentro con el cartel de Completo. Tras charlar con el recepcionista y enseñarle los dibujos de mi viaje, bajaré para ver la zona que me han señalado en Información ce callejuelas antiguas típicas. 


 







Saco fotos de las calles: Bermeja, Aduar y Rafina; paso por la pensión Aduar y me atiende un lituano que está sustituyendo a su mujer. Me pide 40 €, me parece caro y me voy pero, me lo pienso mejor, y regreso para aceptar. Debo esperar a que terminen de preparar la habitación. ¿No estaría mal que, para compensar, pudiera alquilar la otra cama libre? Hay un cliente búlgaro que se apellida Zdravko y la señora de la limpieza, también. “¿Será como García en España?”, me pregunto. Se entienden entre sí en ruso. Mientras terminan de preparar la habitación, el recepcionista se sienta conmigo; esta es la razón por la que sé todo lo anterior de los búlgaros. Una vez en la habitación, cierro el ventanal que da al patio amplio interior, vacío la mochila Visa y la organizo con las cosas que me van a hacer falta por la tarde. Me desnudo y salgo al baño (tengo otro a elegir en el primer piso) que está libre, pero todavía está sin limpiar el suelo. La ducha sí está limpia y lavo camiseta amarilla y calzoncillo; el pantalón no porque hace dos días que me cambié.



La ducha resulta reconfortante y sin pasar de templada, reduzco hasta casi llegar a fría. Me enjabono con el dosificador que está en el lavabo y, previamente, he cagado consistente. Luego me afeito. 
















Termino el rollo con foto del patio de la pensión Aduar.





Pasear, comer, escribir, dibujar
Dejo todo desparramado por la habitación, tras poner a secar la ropa lavada y salgo a recorrer las callejuelas que, por lo ya visto, me parecen muy gratas, me gustan. 




 



Llego a la calle Ancha que tiene al fondo, hacia arriba, una iglesia. La oferta de comida de la zona no me atrae y voy bajando. Pregunto por el Ayuntamiento y, a duras penas, consigo llegar, pero las dependencias que visito me parecen muy pobres. Me señalan la zona de Biblioteca, donde podré usar Internet gratuito. Veremos mañana si es verdad. Una vez en la zona, empiezo a buscar un lugar para comer y veo un anuncio en una esquina con menú de 9 € en el bar Bartolo pero, como añado gambitas, me saldrá algo más caro (17,50 €) ¡Un capricho! Pregunto cuándo fue la boda de Lolita, y me dicen que hace 21 años y en la Iglesia de la Encarnación, que me gustaría revisitar, para ver si recobro imágenes. Tras un rato escribiendo con frío artificial, pido que me dejen salir a una mesita, con dos sillas, que está en el callejón. Como me autorizan, allí sigo escribiendo y sin miedo de coger una neumonía. Aunque el callejón es estrecho, aún pueden pasar los viandantes. 


 



Subo hacia el castillo y lo dibujo, con cierto éxito en la opinión de los que lo ven, pero yo, más crítico conmigo mismo, creo que me he pasado con la intensidad de los arbolitos del primer término.

Recordando la boda de Lolita
Después voy a la plaza del Ayuntamiento y bajo a la Iglesia de la Encarnación y trato de comparar el recuerdo de los acontecimientos de la boda de Lolita y la realidad, en un espacio que me cuesta reconocer. Al entrar en la iglesia, creo reconocer los bancos sobre los que Juanjo y yo nos subimos, para no ver nada; quizás fuera cuando la madre, Lola, decía al micrófono: “¡qué vergüenza, qué vergüenza!” Luego salgo al exterior con idea de ver la ventana de la sacristía, por donde habló el padrino, El Cordobés, y se asomaron los novios, una llorosa Lolita y Guillermo Furiase. Un matrimonio que duró menos que el mío. Una señora me recuerda que la boda se celebró en el despacho parroquial. 




La ventana que, en mi recuerdo, daba a un espacio amplio, al verla hoy, la encuentro en un sitio muy estrecho, donde no podía caber tanta gente como allí estaba entonces expectante. ¡Realmente fue un espectáculo! Me aseguran que no ha habido ninguna modificación urbanística en todo este espacio y tiempo. En la puerta del despacho parroquial, hoy, hay un letrero indicador de horario de atención de Cáritas.

Escribiendo postales en el Ciaboga
Luego doy una vuelta por el entorno y salgo, de nuevo a la plaza y, en el Ciaboga, pido un gin-tonic de Beefither, pero con dos tónicas (6,50 €). Está suficientemente cargado y necesito que me cunda para que me dé tiempo a escribir las 20 postales. Mando a otros amigos y familiares y repito con mis hijas. Un camarero de unos treinta años, pero que aparenta ser más joven, y no quiere ni oír de casarse, “¡tal como está la vida!”, se queja, comenta con otro y hablando de un tercero que, teniendo más de treinta, mayor que él, sigue siendo poco maduro. El Ciaboga que, por la tarde, ha funcionado como terraza de bar, ahora se va completando con gente que llega con intención de cenar. El camarero me dice que es algo caro y que me quede hasta que termine; como todavía hay mesas libres, no me preocupo, pero en cuanto me voy, preparan mi mesa para las cenas.

Correos y cena
Quiero echar las postales escritas en Correos, lo que me obligará a salir del entorno antiguo y meterme en la ciudad moderna. Correos está en la calle principal; lo localizo y deposito en el buzón las postales. Al pasar veo una iglesia moderna con estructura arquitectónica bastante curiosa, sin llegar a ser una obra de arte. Regreso a la parte vieja. Voy buscando de nuevo el Bartolo, pero no hay oferta atractiva de tapas y entro en una calle donde, al fondo, hay gente sentada, de cháchara, a la fresca. Les enseño el dibujo de la muralla del Castillo (con el de mañana de la calle Bermeja, ya serán 17 los dibujos de este verano) y me dicen que vaya al bar Cordobés donde, aunque me cuesta encontrarlo, llego y está cerrado. Me meto en La Bahía y como navajas (1ª y 4ª con bastante arena) y mejillones (que quería al vapor y sólo los tenían marinados) con demasiado ajo y muy fuertes ¡Qué pena!  (22,70 €). En Marbella no podía ser de otra forma. Hoy he gastado como si fuera rico. Mientras me preparan la cuenta aparecen dos músicos que se forman falsas expectativas conmigo. Pago justo y me voy en dirección incierta que no rectificaré hasta llegar a la plaza Altamirano. Allí me encuentro con un matrimonio de Donostia, de la Plaza del Centenario, con los que me pondré a charlar. Ha sido intuición a oído. Su voz me ha sonado a música de mi tierra. Se trata de Juan e Itziar. Dicen “¡A ver si nos vemos en Donostia!” (Hoy, al escribir el blog, en 2012, tengo que decir que no hemos vuelto a vernos). De la plaza Altamirano salgo en dirección equivocada, así que, cuando me doy cuenta del error, vuelvo a la plaza y cojo el camino adecuado. Cuando ya estoy orientado a la perfección, pues voy de Dolores a Remedios, una argentina que me ve mirando nombres de las calles, se empeña en ayudarme y cuando le cuento la caminada que estoy haciendo, me dice, “si has sabido llegar hasta aquí, llegarás a la pensión”. Charlamos un rato y continúo.

Regreso a la pensión Aduar
En la pensión Aduar encuentro sentado a Deivis, se apoya en la misma mesita redonda del patio entoldado en la que hemos estado charlando esta mañana. Todavía no ha llegado su mujer, a la que no conoceré hasta mañana y que parece española. Le encuentro fumando y con los ojos enrojecidos; parece emocionalmente sensible. Le pregunto qué le pasa, invitándole al desahogo emocional, pero no parece dispuesto. Le pido tijera para cortarme las uñas de los pies. No sabe dónde tiene, pero va en su búsqueda. Me lavo los pies y espero a que aparezca y, ¡por fin!, aparece con un cortaúñas grande que, como no estoy habituado, me hará la tarea difícil, pero acabará cumpliendo su cometido a pesar de mi falta de destreza. Ahora, al menos, los pies se ven más presentables. Cierro contraventanas y cortinas, tras recoger la ropa seca, aunque el calzoncillo sigue algo húmedo; es probable que estuviera seco y se haya humedecido con el relente de la noche. Dejo el cortaúñas en la ventana y el móvil cargando batería. Me tumbo con la sábana cubriéndome el estómago.

Entre llegar a la ciudad, buscar dinero, fallarme el albergue, buscar pensión y comer, se me ha ido la mañana “de la ceca a la meca”. El recuerdo que tenía de Marbella era el de la ciudad típica de la Costa del Sol, con hoteles y grandes edificios impersonales, pero me ha sorprendido gratamente, sobre todo el parque arbolado, que me ha parecido un vergel, de pequeño tamaño, pero pulmón de la ciudad, y las callejuelas de la parte vieja, que las tenía olvidadas. También me ha resultado grato recuperar el recuerdo de mi paso anterior por la ciudad, con el añadido de la boda de Lolita y Guillermo Furiase y revuelo levantado entre la población con tal motivo y que pagaron caro Lola Flores y su familia. El tener la tranquilidad de un día para Marbella, escritura relajada de diario y postales, tiempo para dibujar y los paseos, dan idea de lo a gusto que he estado. De hecho, mañana demoraré la salida.

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