viernes, 13 de abril de 2012

Etapa 57 (173) El Portús-Portman

Etapa 57 (173) 14 de agosto de 2008, jueves
El Portús-Cartagena-Santa Lucía-Portman.

Despertar en El Portús 
Me cuesta levantar tanto como me ha costado dormir. Me da el apretón así que, sin baño en el mar, cojo jabón, toalla y máquina de afeitar, entro a los servicios del camping como si fuera, aunque ayer ya lo fui del restaurante, un cliente más. Se trata de sacar rentabilidad extra tanto a la comida como a la cena. Cago, me afeito y ducho y vuelvo a la playa para vestirme, recoger todo y ponerme en marcha hacia Cartagena. Un hombre va a intentar lanzar una red al mar entrando por la orilla, en el lugar que previamente ha esparcido migas de pan para alimentar y engañar a pececillos incautos. Se ve que es novato y no sabe cómo hacerlo. Será el preludio de lo que el próximo año en el delta del Ebro y en Cambrils exhibirá ante mí mi amigo Salvador, el constructor de barracas, del que ya os hablaré y de Nicanor; dos buenos amigos que no lo serán hasta el verano de 2009. Pregunto al mal pescador de rall si podré salir por la puerta del camping al exterior sin tener que bordear las otras playas y me asegura que no tendré ningún problema.

Cuando paso la barrera por donde entran y salen coches y personas, en horas menos tempraneras, ahora son las 7:45 h, me alegro de haber evitado la roca, la playa intermedia, la grande, y el poblado sin bar ni restaurante. Así ni me molesto en buscar desayuno donde Nora que, a estas horas, ni siquiera tendrá abierto su chiringuito. Cuando salgo a la vaguada saco foto del camping hacia el mar, pero la propia inclinación del terreno no deja que salga la playa.

Caminando por carretera a Cartagena
En el cartel indicador de carretera no veo claro si el nombre de la playa del camping, en la que he pasado casi veinte horas, se llama Morena o Losa, de lo que deduzco que una de ellas será la intermedia. La del pueblo, se llama playa Pescadores. Por el camino encuentro cuatro higos que me dejarán las manos pegajosas, pero no me las podré lavar hasta que llegue a desayunar al Coliseo de Cartagena. Tengo que ir por carretera, ya que no conozco camino alternativo y, al no haber mucha circulación, iré sin problemas; además es una carretera que ya conozco. El sol se oculta entre nubes, así que será otro elemento a mi favor. Cuando tengo alguna duda, pregunto. Una mujer, en Canteras, me dice que el Hospital del Rosell está al final, en la avenida Alfonso XIII y sigo alternando acera y arcén, hasta que llego a una rotonda en que me encuentro a la pareja que necesitaba en ese momento, Jose y Flori, que son de Cartagena y me confirman la situación del Rosell, la situación de Decathlon y me recomiendan que luego retroceda a Santa Lucía, que es el barrio de pescadores, seguir por carretera hacia La Unión, aunque dejándola de lado, y salir por Escombreras a Portman. Eso será, más o menos, lo que acabaré haciendo, después de estar con Jose Martin. Ellos hicieron el camino de Santiago francés, es decir, por el interior y tienen intención de hacer la Vía de la Plata; así que caminantes ayudan a caminante. Jose es profesor y con grupos hicieron un camino por Castilla, por donde pasaron mucho calor en verano, que es cuando él lo puede hacer. Me hablan de peregrinaje y yo defiendo que quien va con Visa (aunque yo ahora no la tengo) no debe llamarse peregrino. Aceptan mis argumentos, pero consideran que sí son peregrinos cuando van haciendo uso de los albergues colectivos oficiales que, sin lujos, están preparados para acogerles. Me recomiendan el Coliseo para desayunar, que está cerca, me dicen, de El Corte Inglés. Llego al Coliseo y desayuno croissant, un caracol con frutos secos y café con leche (3,90 €). Pongo el móvil a cargar y escribo el diario en la terraza. Un hombre con niña, que estaba en un banco, me saluda al pasar. Un autobús descarga ingleses para El Corte Inglés. “¡qué excursión tan atractiva!”, pienso con sorna. Una inglesa me sonríe dos veces; se ve que, aunque mi cuerpo no está nada bien, mi cara es reflejo del bienestar de mi alma, que rebosa cuando estoy a punto de culminar mi camino. Pronto cumpliré dos meses desde que salí de Portugal. Entro al retrete y, al igual que ocurrió en el camping de El Portús, aquí vuelvo a cagar con consistencia. Se ve que mi estómago se va regulando poco a poco. Recojo el móvil ya cargado y cojo agua, aunque ahora ya es menos necesaria. Leo mensaje de Sara: “gracias por las camisetas”. Por lo menos ya sé que no se quedaron en Adra, y que mis rollos de diapositivas están a buen recaudo, así como mi Moleskine. Mañana empieza con los análisis para llevar bien controlado el embarazo. Vera me dice que la camiseta de Gari le está grande. Es normal que así sea, aún es un bebé de cinco meses. Ya la estrenará el próximo verano. Salgo hacia la avenida que me llevará al Hospital del Rosell.

De compras y de salud: El Hospital de Nuestra Señora del Rosell
Cuando salgo del Coliseo empiezo a buscar tiendas para comprar un rotulador y algún rollo más de diapositivas que me permita finalizar el reportaje del camino en su tramo final. Encuentro muchos establecimientos cerrados por vacaciones. Tengo suerte de encontrar el rotulador más difícil, el de 0,05, (2 €) pero no encuentro de 0,1. En las tiendas de fotografía que miro no tienen rollos de diapositivas y en una, los que tienen, están caducados de hace años. En la última, están caducados en 2007, por lo que están en oferta, y cojo un pack de tres que no llegan a 5 euros (4,97 €). Espero que luego no tenga que arrepentirme. También echo bonoloto de dos días y primitiva de jueves y sábado (3 €).

También he visto la sede oficial del Parlamento Murciano. Un edificio curioso que me sorprende, ya que creía que el parlamento estaría en la capital. Ya con las compras hechas, me acerco al hospital. En la puerta principal pregunto por mi amigo José Martín Banegas, pero no puedo dar más información que el nombre, ya que no sé el cargo que ocupa; no sé si es médico, ATS, enfermero, celador, auxiliar o administrativo. Preguntan en personal y tampoco les saben decir. Me sorprende que en personal no sepan los nombres de todos los trabajadores del hospital, pero… Cuando veo que va a ser imposible que le localicen, digo que tengo el teléfono de su móvil, pero que me dijo que sólo lo utilizara para llamar por las tardes a su casa. Llaman, lo coge y enseguida se presenta a saludarme. Tenía dudas de si lo reconocería o no, pero cuando lo veo, sí me parece él, pero más por la seña-saludo que me hace desde lejos. Agradezco a los de información y bajo con él al sótano, que es el lugar donde se reúnen los celadores y redistribuyen los materiales que les piden en las distintas secciones y plantas. Sus compañeros me ayudan con el mapa de la ciudad que está en el listín de teléfonos y por él me orientan hacia Decathlon y el Teatro romano y demás ruinas de las que la ciudad es rica. Aunque luego el plan cambiará, les agradezco sus desvelos.

Atención sanitaria
Digo a mi amigo que he llegado a Cartagena con algunos problemillas que me gustaría sanar o paliar y me acompaña al lugar adecuado para seguir protocolo de urgencias. Allí me deja, mientras él se vuelve a seguir trabajando. Hemos intentado saltarnos el protocolo, pero no ha sido posible. Una señorita me toma nota de los datos necesarios y alguno extra y paso a sala de espera para valoración. Un norteafricano parece que se ha lesionado en un brazo; una mujer con Alzheimer toma zumo y parece que le dan arcadas, pero el marido dice que no le dan y el hijo ha salido a la calle; cedo mi asiento a una señora, hasta que le traen la silla de ruedas; un joven está con su amigo; una mujer que no se da cuenta de que ya le han llamado cuatro veces. Por fin, me llaman y me atiende un médico sudamericano que, por medio de soplidos de agua, intenta quitarme las impurezas que pueda tener en el ojo; no lo consigue, pero vuelve y revuelve mis párpados tratando de localizar alguna mácula y me dice que no ve nada anómalo. Bueno, al menos lo ha intentado y me da un colirio que me produce escozor; al decírselo, me retira el líquido con más agua. Con tanto manipuleo, yo sigo notando la tierrilla que yo creo que se acentuó entre cabo Cope y Mazarrón, por aquellas pistas de la costa lorquiana, pero ahora parece que es más leve. Me anota en la ficha que ha abierto. Creo que es la acción que mejor resultado tendrá de las tres que me hacen, puesto que a los pocos días ya no notaré ninguna molestia. Me ponen también una inyección contra el sarpullido, que me salió en los brazos recién iniciada la provincia de Almería, y que, después de tanto tiempo, no sé si tendrá ya algún efecto; con el paso de los días también esta erupción desaparecerá. La cura que me hacen de la rozadura del pie derecho es de menor calidad que la que me hicieron en el puesto de socorro de La Azohía y con menos delicadeza. Bueno, con todo el trabajo hecho, vamos a la farmacia por el colirio, que me debo echar en el ojo 2 gotas cada 8 horas. Las primeras cuatro gotas me las echa Jose Martin; ya se verá quien me echa las siguientes. Es un medicamento que requiere mucho cuidado y yo no lo puedo conservar en el frigorífico, por lo que mi amigo el celador me dará un material que conservará en frío, al menos, las primeras 24 horas. Luego regresamos al punto estratégico de encuentro de los celadores, que es donde he dejado mis mochilas y donde charlaremos un rato, con participación de algún otro celador, de mi viaje, de la familia y del plan para San Pedro del Pinatar y Calblanque.

Próximos acontecimientos
Hablamos de María Ángeles a la que, tras hacerle hecho la  inseminación artificial, no pudo retener el hijo concebido y se le produjo recientemente un aborto espontáneo. Todo se hizo a través de la Seguridad Social pero ahora, próxima a la cuarentena, ya no garantiza la sanidad pública el éxito de un nuevo proceso y se están planteando la posibilidad de hacerlo en la privada; pero cuesta un pastón, el tratamiento es muy agresivo y tampoco hay garantía de éxito, así que Jose Martin está poco animado. Como no se sabe bien en donde está el problema y si puede haber incompatibilidad entre ellos, les han aconsejado hacer uso del banco de semen, pero un médico amigo le ha recomendado que no utilice esta fórmula, ya que el hijo que ella pudiera concebir, no llevaría los genes de él. Me parece algo absurdo, pero para gustos se hacen los colores. Por otro lado, tienen solicitados dos negritos de Etiopía y parece que ese camino sería viable si estuvieran casados pero, como no lo están, están preparando boda para setiembre pero, en lugar de hacer una boda sencilla por el juzgado, han decidido hacer una a lo grande y con muchos invitados, aunque la celebración se hará en casa de su madre o de su suegra, que no lo retuve bien. Siguiendo el argumento del médico sobre del banco de semen, ¿los niños etíopes tendrán algún gen de sus padres adoptivos? Suelen decir que del roce nace el cariño y un niño adoptado puede querer y ser querido lo mismo que un hijo natural. Y ¿por qué una pareja legalmente constituida, con certificado de convivencia, no puede adoptar hijos? Me huele a tufillo eclesiástico. ¿Quién se encarga de los trámites para traer niños de Etiopía?

Comida hospitalaria
Cuando llega la hora de finalizar el trabajo, subo con Jose Martin al comedor que a él más le gusta, pero no tienen ni caldito, ni sopa, para iniciar un proceso de cura alimentaria, así que volvemos al sótano, le espero, y subimos al otro comedor, pero que tiene el mismo menú, con algún añadido, más bocadillos y tapas. Decido comer lentejas, que tienen bastante chorizo, Fanta limón y una raja de sandía, que está muy rica y fresquita. Luego tomaré menta poleo y él manchaíto que, como ya lo sé, se lo sirven con leche condensada. Todo lo paga él. Su salida había sido para sacar dinero. Me dice que es mejor que lo pague él porque así sale mejor de precio. Por ejemplo, su café y mi menta le ha costado 1 €. Luego le acompaño para cambiarse y al verlo de nuevo no le reconozco. He estado en el comedor con el equipaje porque así él podía dejar la llave pues, si se la lleva a casa, corre el riesgo de que se le extravíe.

A comprar sandalias a Decathlon y regreso a la ciudad púnica y romana
Salimos del hospital, buscamos su coche en el aparcamiento, y nos vamos a Decathlon. Primero, en LeRoy-Merlín, cogemos grava para completar un jardín que le está haciendo a su madre con gravas de color rojo y blanco. Siendo él del Barça debiera haber sido azul-grana ¿no? Pero me estoy adelantando porque saber que es del Barça no lo sabré hasta el año que viene, cuando vea un partido importante en casa de su familia y duerma en su casa del Huerto de la Filomena, en Puente Tocinos, próximo a la capital, allí ondeará en 2009 una gran bandera azul-grana epatante. Además, puede ser que la señora sea fan de otro equipo como el Atlético (rojiblancos) o el Athletic (txurigorri). Según dice, es bastante manitas.; yo no sabría por dónde empezar para hacer un jardín. Quedamos citados en la puerta por donde yo entro, aunque me tocará esperar. Mi compra la hago rápido, ya que encuentro un par de sandalias similar a las últimas que tiré en Cádiz y que seguro me libran de las rozaduras, y en cinco minutos tengo la compra hecha y pagada (44,90 €). Le espero dentro de Decathlon, porque quedándome entre puertas, están las cuatro continuamente abriendo y cerrándose. Él no ha podido encontrar la grava roja que necesita, y nos vamos.

Ya en el coche, me lleva de nuevo al hospital y desde allí continuaré mi andadura, tras este lapso en vehículo motorizado. Ha llamado a María Ángeles para que esté preparada para las seis, pero no queda nada claro si irán o no a la sierra. La ha pillado dormida, echando la siesta. Me despido hasta que nos veamos en San Pedro del Pinatar y le cuento que en la Academia Militar del Aire de San Javier cambió mi vida; pero es historia larga que ya tendré ocasión de continuarla. ¿Nos veremos? El lunes me llamará. Me deja en la calle que baja hacia el mar y nos despedimos.

Visita a la Cartagena histórica
Llego a la oficina municipal de turismo, dependiente del Ayuntamiento, y me echan el sello en la credencial. Allí me hablan de las distintas murallas: púnica, romana y bizantina, pero de esta última me olvido, aunque parecía tener interés. Primero paso por la antigua puerta de La Misericordia que me resulta bastante curiosa. Allí está ahora el Rectorado de la Universidad.

Entro en un edificio que está enclavado en parte de la muralla púnica y trato de entrar sin seguir el protocolo de las entradas. Recorro algunas estanterías con objetos expuestos y bajo cristales se ve parte de la muralla indicada. La chica de la entrada que está atendiendo a franceses, me llama la atención. Cuando me acerco me ofrece un conjunto de 4 cosas interesantes para ver, pero que cuesta 11 €, entre ellos el Teatro romano y lo bizantino, además de lo púnico que está aquí. No hay deducción por pensionista.

Me parece caro y me voy con intención de sacar foto de la muralla púnica a través del sistema acristalado de fuera, pero el resultado será pésimo, ya que lo poco que se ve a simple vista, el flash no lo recoge y rebota en el cristal.  Aunque no sirve para nada, aquí está la muestra. Bajo hacia el Teatro romano y veo unas escaleras y veo unas escaleras en calle ascendente que me permitirá obtener una visión relativamente buena, desde un lateral. Lo veo desde arriba, y llego en el momento en que dos muchachos y una chica están saliendo subrepticiamente del lugar.
Luego sacaré otra foto desde abajo. Llego a la plaza del ayuntamiento en el que me resulta sorprendente las pinturas de la fachada, como si fuera una versión moderna de un trampantojo. Y me olvido de la muralla bizantina. Ya por el puerto, me dirijo hacia Santa Lucía y no le encuentro mayor interés a este barrio de pescadores. No he venido en buena hora o no había nada en el mercado del pescado.
En la parte alta del barrio se aprecia una muralla, ¿será la bizantina? También he sacado un muro de contención moderno con versiones de muralla alta antigua. Y vuelvo a sacar foto desde allí.

Saliendo de Cartagena hacia La Unión
Cojo carretera hacia La Unión, aunque no llegaré a esta ciudad, pues me desviaré a la derecha en un cruce.


Por esa carretera paso paralelo a la zona comercial donde he estado con Jose Martin y saco foto lejana de Decathlon. Por el camino veo vías de FEVE, ferrocarril de vía estrecha. También he visto estación al salir de Cartagena, pero no sé si de Renfe o de Feve. Veo pasar varios trenes de Feve, que se me antojan algo ruidosos.

En el pequeño patio delantero de una casa, cuatro rumanos juegan a un juego de números; consiste en hacer tríos o conjuntos ascendentes y descendentes; algo parecido al Scrabble, pero con números. No acabo de entender la dinámica del juego y me voy. Llevan varios años en España y aquí, como en todas partes, hay de todo, me dicen.

Pasado El Abrevadero, saco fotos de fábrica, no excesivamente antiguos, pero que han quedado como esculturas del paisaje. Tras mucho tiempo por carretera, al fin veré desviación a 4 km a La Unión y me tiro por carretera que va a la derecha y empiezo a pensar en estrategias para la cena y la dormida. Las lentejas las he comido y, por arriba, no van a salir, pero no voy muy fino.
La estación del ferrocarril.
A cenar y dormir en Portman.
Eugenio me invita a su chamizo
La carretera indica dirección Portman y hacia allí me dirijo, pero no sé cuantos kilómetros faltan para llegar, ni tengo certeza de que la dirección sea la correcta.


Las dudas me surgen porque aterriza por allí la carretera que viene de Escombreras y, por el tipo de tierras hechas de deshechos o derribos o extracciones de minerales, el caso es que el terreno me recuerda realmente a una escombrera.
Saco la última foto del rollo con esta visión tan poco bella de depósito de escombro. Tampoco es grato el olor que se respira, como si tuviera algún componente sulfúrico o sulfuroso; mis conocimientos de química son mínimos, mal enseñados y mal aprendidos. Vamos, que huele a azufre. A pesar de la fealdad de conjunto, veo un contraste muy bonito con combinación de piedra ocre y morada que, como ya está oscureciendo, me abstengo de fotografiar. Una desviación lleva a playa sin indicación alguna. Desde lejos parece grande. En curva y bajando a Portman se ve otra playa, ¿será la misma?, pero no dice más que “no vigilada” y no pone nombre de la playa. Está oscureciendo; los coches ya suben con luces y yo no llevo reflectantes; empiezo a ser un peligro para ellos y para mí mismo. En la desviación que lleva al puerto de Portman, que mañana veré, coincido con una familia que, para sopica o caldico, me recomiendan Cegarra.



Por la calle en que entro al pueblo, pregunto a tres chicas y, una de ellas, la más grandona y amable, me dice: “¿ve uté ece paceo? Pue lo cigue  y cuando vea un parque ¡pue ahí etá!” Agradezco las indicaciones y enseguida llego, pero está cerrado. Pregunto a dos hombres y Eugenio me orienta hacia el Club Náutico, ofreciéndome además su chamizo para dormir. Tiene la moto y las herramientas, pero entro y hace mucho calor; además no tiene luz y al acostarme no voy a poder ver nada y no hay posibilidad de hacer corriente para ventilarlo. Le pregunto si puedo dejar la puerta abierta y me dice que no, porque ya le han robado varias veces. En vista de lo cual rechazo la invitación, aunque muestro mi agradecimiento.

Cena en el Club Náutico. A dormir en la playa
En el club Náutico no tienen ni caldo, ni sopa. Pido un limón exprimido y tónica, una tortilla francesa y un descafeinado de sobre con leche. Tres matrimonios con ocho hijos, que me recuerdan el número exacto de los que viajábamos con Ovac en los setenta y ochenta (en 1991 se deshizo el grupo), toman algo en la terraza. Hay otro grupo de jóvenes y parejas que cenan. Me han atendido muy bien y están con buena disposición a servirme lo que pida, dentro de lo que tienen. Como no tienen plátano, como un melocotón. Qué diferente que en Rinlo, donde nunca podré olvidar que no me hicieran una tortilla francesa, en un momento en que acababa de pasar por una diarrea. Pago 3,80 €  y agradezco la buena atención. Cambio el rollo de fotos. Antes de marcharme y despedirme, me echo las gotas del colirio y me doy cuenta de que el hielo me ha humedecido todo. Normalmente no me gusta llegar al sitio donde voy a dormir sin haberlo visto previamente de día, pero hoy será una de esas excepciones. Menos mal que la luna está casi llena y facilita algo la visión del lugar. El camino es largo y me han recomendado en el Club Náutico que me acerque a la orilla del mar, porque en el medio hay una especie de marisma fangosa. En la playa hay una pareja pescando, pero está a punto de recoger el aparejo. Hay otro grupo con tres cañas. Les pregunto si el viento que sopla es de poniente o de levante, y no tienen ni idea. Yo no lo veo claro. Ellos están algo más protegidos, por la montaña, pero donde yo me coloco, sopla con ganas. A ratos arrecia el viento. Antes de acostarme, me doy Aloe-Vera y mañana estrenaré sandalias. Durante la noche, el viento me rebozará de arena negra, aunque comprobaré mañana que es bastante fácil de hacer desaparecer.

Lo mejor del día ha sido la estancia con Jose Martin, su ayuda para recibir atención sanitaria de urgencia, su compañía y el acercamiento en su coche a Decathlon para comprar las sandalias que hacía días que necesitaba reponer para no ulcerar más la herida del pie. Cartagena me ha producido buena impresión. También el buen trato en el Club Náutico de Portman y la buena disposición de Eugenio para dejarme su cabaña.

1 comentario:

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