jueves, 12 de abril de 2012

Etapa 38 (154) Motril-Torrenueva

Etapa 38 (154) 26 de julio de 2008
Motril-Torrenueva-Playa La Joya-Torrenueva.

De Motril a Torrenueva. El Bar Pablo.
Me despierto a las 6:30 pero no me levanto hasta las 6:45 h. La familia, o una buena parte de ella, continúa al final de la pasarela, entre donde yo estoy y la orilla del mar; así que no me baño desnudo para evitar trifulcas matutinas. Me visto y recojo todo y salgo al paseo marítimo por la pasarela. La ducha está en lugar estratégico para un buen aseo en bolas. Pasan tres mujeres en caminata mañanera y, cuando las tengo a cierta distancia, me quito la ropa y me ducho; un coche con rodada lenta pasa cerca y continúa su camino; me seco con la toalla, me visto y salgo en dirección incierta. El móvil se ha quedado sin batería durante la noche; como tendré que llamar a Juanjo, debo preocuparme de buscar un lugar para recarga. Un chico me reorienta, pero lo que me dice resulta confuso. 
 
 Retrocedo hacia el indicador de Motril-playa y veo que estoy a la altura del puerto. Desayuno y escribo en el Bar Pablo. Me dicen que no hay nada para acompañar al manchaíto; el pan no ha llegado y no tienen ni galletas ni magdalenas. Insisto y consigo que encuentren un cacho de pan de ayer y me hacen tostada con mantequilla; no tienen mermelada. El desayuno me cuesta dos euros. He puesto tarde a cargar el móvil y espero a que tenga carga suficiente para hacer la llamada al llegar a Torrenueva. Hablo con un cliente y le cuento mi viaje; luego, a él y al barman, les enseño mis dibujos (el primer cuaderno recién terminado en Salobreña) y les hablo del España-Alemania que, con la anécdota de Rota, son tramos del camino que, al narrar, siguen dando juego. Tengo ya necesidad de descargar material que me pesa innecesariamente y estará bien mandar un paquete por correo el próximo lunes (finalmente lo haré el martes desde Adra). También necesito hacer gestión para obtener dinero e incluir en el paquete algún regalo para mis nietos (finalmente serán unas camisetas). No sé a cual de mis hijas lo enviaré. Con estos pensamientos, voy al servicio, cago consistente, me afeito y cojo agua en mi botella, pues la primera ya me la he bebido mientras escribía. Afeitado, ya estoy más presentable. 
 
Arranco en dirección a Torrenueva y un señor mayor me dice que puedo salir a playa por Petronor. Como no logro salir, voy a lo seguro y cojo la carretera general. Algunos coches me tocan el claxon y, como en otras ocasiones, no sé si me pitan por ir por carretera en lugar de por caminos o me aplauden por ir caminando. Puede que no sea la primera vez que me ven ¿Aprecian mi esfuerzo? Yo devuelvo el saludo. Cuando doblo una curva en la carretera, veo Motril al fondo, a lo lejos, con su torre de la iglesia, pero no hago nada por acercarme, ya que no quiero llegar tarde a Torrenueva y más sabiendo que me están esperando, tras mi llamada de ayer tarde. Saco foto de Motril y, al rato, veo una señal de Torrenueva a 3km. Voy por el arcén correcto y, cuando vienen ciclistas, me meto en el lateral para dejarles pasar y no tengan que entrar en la calzada; una motocicleta se me despista. A veces olvido que cuando viene un camión de frente debo bajar la cabeza o agarrarme la visera para que el viento producido no me la vuele. Los tres kilómetros los haré en media hora y un señor me dice que pase a la otra acera y que llegue al tercer semáforo y una señora me acompaña hasta la calle que sale a la plaza de la iglesia. Paso al lado de un vendedor de higos chumbos.

24 horas con la familia Villen.   
Semicargado el móvil en el Pablo, puedo hacer la llamada y se pone Juanjo. Le digo dónde estoy, y aparecerá enseguida. Nos abrazamos y besamos y me lleva a la casa que tienen alquilada sus padres. Pregunto si a su padre debo tratarle de usted o tutearle, pero no ha lugar a la respuesta, ya que un hombre tan próximo se merece el tuteo. Al pasar hacia la plaza, veo una gran cola; es para comprar churros. Lo comento con Juanjo y me dice que mañana madrugaremos (nos levantaremos a las ocho) para comprarlos sin hacer cola. Antes de llegar, encontramos a Montse paseando a la tía, hermana de la madre de Juanjo, que también pasa sus vacaciones con ellos y le conviene andar algo. Al llegar a casa, me presenta a parte de la familia, me asignan habitación para mí solo, me dice que me desnude y, antes de meterme en la ducha, doy la ropa a Juanjo para ir haciendo la segunda colada en la lavadora. Habrá que esperar a que acabe la primera. La ducha la empiezo tibia y la acabo fría y me quedo como nuevo. Ya he conocido a los adultos de la familia. Más tarde conoceré a Loreto, la hija de 16 años, que es muy poco habladora. Sólo reaccionará por la noche, con motivo de una redada de la policía local, espantando  a vendedores subsaharianos que están con sus cachivaches en el paseo marítimo. Está dispuesta a bajar para ayudar a recuperar el material desperdigado y lucha entre su deseo y la razón dada por sus padres para no hacerlo. Uno de los razonamientos de Juanjo es el de que los que más se quejan son los comerciantes del pueblo, que pagan sus impuestos y éstos no pagan nada, produciéndose un agravio comparativo. No le falta razón. Pero esta escena ocurrirá al anochecer, tras una preciosa puesta de sol.

Federico García Lorca.
Es, junto con Antonio Machado, uno de mis poetas y dramaturgo más admirado. El viaje hacia Collioure, hacia su tumba, va tomando significado y esta estancia con los Villen lo complementa. Me he quedado un rato hablando con Carmen y Pepe, los padres de Juanjo. Pepe me cuenta que conoció a la que fue aya de Federico García Lorca niño y lo que narra me emociona (igual que ocurre cuando lo plasmo en mi diario). Para mí, es una suerte haber conocido y hablado con alguien tan próximo al poeta, uno de los tantos asesinados por los fascistas durante la guerra civil. También Machado sería una víctima de ella y moriría en el exilio poco tiempo después de haber pasado la frontera. “¡Qué sensible eres, Javier!”, me dice Pepe; y no le falta razón. Este viaje me ayuda a ser más vulnerable, más sensible, a perder el control.

Un paseo por Torrenueva: espetos de sardinas de picoteo, lentejas para comer.
La casa está en un primer piso, frente a la playa y sobre un frecuentado paseo marítimo. Dispone de un balcón desde el que se puede seguir magníficamente toda la vida del pueblo. En esta parte la playa no es muy ancha y vemos pasear a gente por la orilla y por el paseo marítimo. Hubo un año en que el mar se llevó toda la arena y desapareció la playa. A partir de entonces construyeron dos espigones para retener la arena. Mientras la madre prepara la comida, unas lentejas cuidadas con la parsimonia necesaria (me recuerda a mi madre en la cocina), salimos los tres hombres a picotear: Pepe, Juanjo y yo. En el primer bar, tomamos un bocadillín de chorizo y cerveza; y en el que está en la esquina de la calle donde tienen la casa alquilada, espeto, quisquillas y dos manzanillas (vinillo que entra muy bien a esta hora; lo prefiero al jerez seco). Los espetos de sardinas me traen el recuerdo de El Rincón de la Victoria, en Málaga, y me saben igual de ricos. Unos futbolistas jóvenes juegan a futbol en la playa y, con sus pateos sobre la arena, sacan muchísimo polvo, cuyas partículas pululan por el aire y, al coincidir con los rayos solares, hacen un efecto óptico curioso, aunque muy insaluble. Tras el tapeo, regresamos a casa para comer; me sirven el primero, un platazo a rebosar de lentejas, ¡riquísimas!, bien condimentadas con zanahoria, patata y berenjena (¡cómo las añoraré en Francia, en 2012!); también una ensaladita, que comeré a continuación y, para terminar, una crujiente fritura de berenjena enharinada; están crujientes por fuera y suaves, como mantequilla, por dentro. También el paraguayo, al que quito la piel con los dedos, está riquísimo. ¡No hay como tener apetito y buenos amigos invitadores! No me dejarán invitar al café que tomamos fuera; yo descafeinado con chupito de aguardiente (lo que yo llamo orujo).

Un paseíto hasta La Joya.
Subimos a casa por la toalla y demás enseres playeros y nos dirigimos a la playa nudista de La Joya, Montse, Loreto, Juanjo y yo. Hablo con todos, aunque más con Juanjo; madre e hija tienen sus cuitas. El acceso a la playa es muy bonito, aunque tiene unas pronunciadas subida y bajada que acaban en escaleras. Observo que la mitad de la gente está desnuda y el resto con bañador quizás, me dicen, debido a que es fin de semana. Me da la sensación de que más de uno se quedará a dormir esta noche. Los hombres nos desnudamos y bañamos. La ola es fuerte, y la marea nos obliga a ponernos casi pegados al tope de las rocas. Como el mar está bravío, hay que saber elegir bien la ola para salir del agua sin que te machaque contra la arena del fondo. Sara me manda un mensaje al móvil: están ya instalados en la casa prefabricada del camping próximo a Rosas; pasarán otra semana en otro camping, también de la Costa Brava. ¡Qué disfruten! Ahora ya sé que el paquete se lo tendré que mandar a Vera. Hablo con Juanjo como si lo conociera de toda la vida. Un chico con gafas de bucear y aletas, deja que la ola le rompa encima sin inmutarse. Nos preocupamos más nosotros que él, pues vemos las piedras grandes y las rocas de su entorno. Loreto sólo habla con su madre. Juanjo ha empezado a estudiar, de nuevo; se fue animando a medida que iba ayudando a su hija con los deberes. Ha sacado el curso con buenas notas. Entre los grupos de la playa, hay uno en el que todos son textiles y sólo hay un nudista y otro en el que todos son nudistas y están con uno que no se desnuda. Es el tipo de comportamiento que me gusta, ¿por qué las opciones individuales tienen que separar a los amigos, a las parejas? Cada miembro del grupo debe optar por lo que menos le incomode. Observo ambiente grato en la playa y busco lugar adecuado para dormir mañana, aunque es probable que, al estar muy cerca de Torrenueva, no va a estar justificado pasar la noche sin apenas caminar. Serían dos jornadas con poco avance. Si me quedara, elegiría la zona central. Una de las olas sube más que las otras y me moja casi media toalla, pero el día es soleado y ya se me habrá secado cuando abandonemos la playa. Empieza a atardecer cuando nos vamos, subimos escaleras y descendemos pendiente. En el paseo marítimo del pueblo, nos encontramos con el hermano de Juanjo, su mujer y un hijo, que está amoratado de tanto estar en el agua; tiene el bajo costillar lleno de rasguños producidos por el roce de las piedrillas en el arrastre de la ola; se ha estado divirtiendo cogiendo olas. Quizás por estar tanto tiempo en el agua y al sol, tiene dolor de cabeza. Forma parte de la emoción del juego. Juanjo queda citado con su hermano para las once de la noche, para cuando den de cenar a los niños. Yo también iré con ellos, tras comer un bocata de lomo con lechuga y, ya no recuerdo, tinto de verano o cerveza. He estado tan a gusto, tan relajado, en este grupo tan familiar que, al no poner atención, se me olvidan las cosas. Me recuerda Juanjo que debo llamar a mi hija por teléfono y, como está oscuro y no veo bien en la cabina, él me marca los números. Algún número he marcado mal, pues el de Sara me responde que ya no es cliente; llamo a Vera y me coge mi yerno, Mikel; luego me la pasa y me pone al día de lo importante: mi nieto Gari ya hace caca sin ayuda; están tratando su alergia al componente de la lactosa y le producía estreñimiento. Me dice que Sara y los suyos ya están en Rosas. Yo no lo sabía, puesto que no había visto el mensaje en el móvil (40 céntimos, será el coste de la llamada).


Redada policial a vendedores ambulantes.
Tras la cena salimos al balcón y vemos la redada policial que ya os había adelantado, con la reacción de Loreto. ¡Qué difícil lo tienen los negritos indocumentados! Clandestinos, invisibles, a pesar de lo que destacan con su color… ¡Y qué difícil para los guardias municipales! Defender los intereses de los comerciantes y ser sensibles con el dolor de los desesperados. Parecen perros sabuesos a la orden de quien los manda, pero se observa una contradicción entre el deber, la obligación a cumplir, y el deseo de no cumplir lo que les obligan. Te veo, te persigo, te cojo y te dejo; agarro tu mercancía ilegal, la única fuente de tus ingresos, la dejo para perseguirte y ¿qué hago con el atillo? La mayoría de los viandantes son testigos mudos, otros están de acuerdo pero tampoco se atreven a decir nada, es probable que sean comerciantes que pagan impuestos; sólo a los que discrepan con la acción policial se les oye decir: “¡Mejor que os dediquéis a coger a los verdaderos ladrones!” Cada cual, desde su óptica, tiene su razón; pero la verdad, la realidad, se compone de todo lo que observamos y no se podrá resolver si no abordamos el problema en su conjunto; desde los intereses de los comerciantes, hasta la penuria y el hambre de África, con sus gobiernos corruptos, y el deseo y la voluntad de los subsaharianos de buscar un mundo mejor. Pero, ¿es un mundo mejor esta mierda de mundo insolidario que aquí les ofrecemos? Pepe increpa, Juanjo contiene, a Loreto le sale la sangre del abuelo; su reacción es visceral.

Noche de descanso en cama de regalo.
Como ya he hablado con mi familia y cenado, no tengo muchas ganas de salir y así aprovechar la cama regalada, tras haber dormido seis días seguidos en la playa. Es lo que yo digo ¡qué a gusto se coge un colchón, cuando no lo tienes todos los días! La cama es el premio extra a un poco de sacrificio, cuando la recibes le das más aprecio. Al volver de hablar por teléfono, Juanjo me ha invitado a un vasito de “leche rizada”. Una chica llena vasos grandes y pequeños, añade pajita y cucharilla, y luego espolvorea canela por encima, una especie de leche merengada “¡Tolón, tolón!”, digo, y cantamos: “Tengo una vaca lechera/ No es una vaca cualquiera/ Se pasea por el prado/ Mata moscas con el rabo/ Tolón, tolón, tolón tolón/ Un cencerro le he comprado/ Que a mi vaca le ha gustado/ …” y las versiones que cantábamos en el pueblo en la que la vaca tenía las tetas de madera y en la que aparecía Manolete con la escoba del retrete. Subimos a casa y me despido de Juanjo hasta mañana. Le digo que me disculpe ante su familia. Me lavo los pies para no manchar las sábanas y me doy un masaje de aloe-vera. Cierro la persiana y la ajusto, como he visto hacer a Pepe, y me acuesto para no oír el ruido de la calle, en una noche veraniega en que todo el mundo alarga el día con el anochecer. El colchón es blando, se hunde, y dudo si sacarlo de la cama y extenderlo en el suelo pero, estoy tan cansado que, pensando en si se oye o no el romper de la ola, acabaré durmiendo como un ceporro. Dormiré hasta las seis y media.

Esta recepción magnífica en casa de los Villen es lo que ha hecho de éste un día inolvidable.

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